VIAJE A PANAMÁ Y COLOMBIA 2019
Crónica del 4 de julio de 2019
Después de un viaje monótono de 10 horas
de vuelo desde Madrid, llegamos a Panamá.
El día había comenzado a las 4 y media de
la mañana, que es cuando Enara llegó a casa y los demás nos levantamos. Taxi al
aeropuerto y para las 6:40 emprendíamos rumbo a Madrid. Allí un poco de jaleo
con la T 4 y la Ts , resuelto sin mayores
problemas. Como gente "potentada" que somos, fuimos al salón VIP de
AENA. Teníamos tarjeta para dos entradas, pero como éramos tres tuvimos que
pagar una visita, 35 euros. Una pasada para lo que dan. Con deciros que el bufé
libre para el desayuno constaba de mortadela y queso, está dicho todo. Pero
como habíamos pagado, pues tomamos eso, café, vino Príncipe de Viana, cerveza y
ensalada de frutas. Aún así, no compensa.
A las 12 h. local salíamos de Madrid. El
viaje fue monótono, igual es mejor. No ocurrió nada de nada, ni tan siquiera
turbulencias. Lo que me fastidió fue que fui todo el viaje con las piernas
encogidas o semiencogidas porque el de adelante había echado hacia atrás su
respaldo y me come esos pocos centímetros que en un avión entran dentro de mi
espacio vital. Esto, aparte de incómodo, me hace ir tenso e incómodo. Ves que
ahora, la unidad de medida del Sistema Métrico Decimal, ya no es el metro, sino
el centímetro. Que si la canción 18 centímetros cerca, que si treintaytantos
centímetros del Nacho Vidal, que si de 25 cm , etc.
Yo de pequeño la única medida que sabía
en centímetros era la de los cangrejos navarros, 8cm. para ser
"reglamentarios", Ahora creo que con esa medida no se va a ninguna
parte.
La llegada a Panamá coincidió con la
despedida de los mandatarios extranjeros que habían venido a la toma de
posesión del nuevo presidente de Panamá, Laurentino Cortizo. Lo cual hizo que
cortaran la carretera de acceso y salida del aeropuerto y... estuviéramos media
hora sin poder salir del coche hasta que nos abrieron.
Llegada a casa de mi suegra, sin problemas.
Se veía un Panamá más limpio y con los grandes pilares para la continuación de
la línea de metro, que en su gran mayoría es aéreo. Con esto de la toma de
posesión, aquí era día "feriado", y había poco tráfico y la mayoría
de las tiendas cerradas. Pese a todo pude comprar una tarjeta de teléfono para
funcionar por Panamá, por 6$. Siendo mi nuevo número: 65733138, con el
internacional y el prefijo de Panamá por delante. Por si os ocurre algo, como
decía mi madre.
El caso es que estaba tan reventado que para
las 8 ya me había ido a la cama. Hoy haremos el primer contacto con la ciudad y
ya os contaré. Agur. Daniel
Panamá
Crónica
del 5 de julio de 2019
Ya
llevo 4 días en Panamá capital y ya va siendo hora de salir. Ayer por la tarde
compré el boleto de bus para ir a Changuinola. No he estado nunca y no sé lo
qué me puedo encontrar. Como no tengo nada que hacer, voy allí, trato de
encontrar al sangüesino Pako Elizalde, y si la cosa se da bien, me quedo algún
día, si no prosigo viaje hacia Cahuita en Costa Rica.
Estos
días han sido de comer con amigos y beber cervezas Balboa. El miércoles, día 3,
quedé con José Carlos, el onubense que vive en El Valle de Antón, pero que se
iba para Sevilla el día 4 y, como vino a dormir a la capital, nos fuimos a
cenar al Punta Arenas, que es un restaurante peruano de clase alta. Aproveché
para cenar ceviche y tomar pisco sawer.
Paseando
con él por este barrio, (El Cangrejo), me pasó una cosa curiosa y es que
casualmente me topé con un restaurante que se llama (casa Anjel, con j) y...,
me sonaba que yo había estado cenando allí cuando conocí a Mari Cruz en el 95.
Pregunté por el jefe y..., efectivamente, mi memoria no me traicionaba.
Él
es de Valladolid, pero su esposa es de Santacara y tienen un apartamento en
Barañáin. Estuvimos un rato de charla y me invitó a que me pasara otro día para
seguir hablando. Casualidades de la vida.
El
día 2, después de investigar los vuelos hacía Colombia, fui a las oficinas de
Iberia en la avenida Balboa. No sabía yo muy bien dónde estaban y agarré un
taxi. Le dije a dónde quería ir. El me pidió 3$ y yo le regateé dejándolo en
2.
La
realidad fue que el último regate me lo hizo él, pues me dejó bastante alejado
de las oficinas y tuve que caminar unos cuantos metros bajo la lluvia.
La
vida no es barata. La cerveza Balboa vale 1 dólar en los tugurios, 2,5 dólares
en los restaurantes y 5 dólares en los restaurantes del casco viejo.
En
los grandes almacenes de Albrook, donde se centraliza los autobuses que parten de Panamá (hasta el que va
hasta Méjico), hay muchos puestos de belleza. En uno de
ellos, tanto insistieron las muchachas que me hicieron una demostración en mi
mejilla izquierda, con un producto que quitaba las arrugas, o los globos de
debajo del ojo y todo eso. La verdad es que funcionaba y ahora voy con un pedazo
de cara joven y otra vieja.
Ayer
fui a comer y dar una vuelta por el casco antiguo con Xenia, amiga de Mari Cruz
y proveniente del Darién. La mujer ejemplo de supervivencia y lucha por la
vida.
Comimos
en el casco viejo y la factura fueron, 23,53 dólares. Cuando fui a pagar me
dijo que prefería en efectivo. Miré y llevaba yo, 23,50 dólares. Me faltaban 3
céntimos de dólar. Yo pensé que lo aceptaría y ya está. Pues no, me dijo que
como no llegaba tenía que pagar con tarjeta. Así lo hice y, cuando me iba a dar
el ticket, me preguntó, a ver cuánta propina voluntaria iba a dejar. Supongo
que es una pregunta obligatoria en todos los restaurantes, pero después de lo
que me había pasado me pareció, cuanto menos, sarcástica la pregunta. Está
claro que le dije que no iba a dejar propina y me fui.
Esto
está cambiando mucho. Ya no hay mujeres con rulos por las calles. Sí que están
todo el día comiendo y que hay una inmensa mayoría de mujeres gordas, que lucen
sus "chichas" con ropas apretadas.
En
general a la gente no le gusta caminar mucho y cuando preguntas por una
dirección, enseguida te dicen que cojas un taxi aunque el punto que tú quieres
se encuentre a 200 metros.
Ayer
me topé con una pareja de argentinos que lleva más de un año viajando de
mochileros por Centroamérica y me contaron que les había ido todo bien. Que el
Salvador era una maravilla de gente y Nicaragua el no va más. Ya veis que
informaciones mas distorsionadas nos llega a nuestro país, por estos medios de
comunicación tan loables que tenemos,
Bueno,
voy a dejaros que tengo que ir a comprarme unas gafas y a enterarme de algo
sobre Changunola. Agur. Daniel
Crónica
del 8 de julio de 2019
Aquí
estoy "varao" en el archipiélago caribeño de Bocas del Toro, lugar al
que llegó Colón en su cuarto y último viaje, el 6 de octubre de 1.502. Bocas
del Toro es todo: la provincia, que incluye tanto el archipiélago como la parte
continental, el archipiélago, formado por unas cuantas islas y el lugar donde
estoy ahora, que es la población de Bocas del Toro, en la isla Colón. Todo
recuerda a la vista del almirante. Una isla se llama Colón, una población
Almirante, otra isla Bastimentos y así sucesivamente. No pensaba venir aquí,
pero las circunstancias o la vagancia me hizo llegar a este lugar.
El
día 6 de julio salí en bus de Panamá con destino a Changuinola. Es increíble lo
de los buses en todo centro América. Para demostrar la calidad del servicio, y
que el bus es bueno, ponen el aire acondicionado a tope. Todos vamos como los
exiliados de la guerra española que cruzaban la frontera: mantas, jerseys,
gorros, pantalones largos... y eso que estamos en el caribe. Da pena vernos
bajar del bus con todos estos ropajes. Como ya me lo sabía, cuando aterricé del
avión, la compañía IBERIA fue tan amable de " prestarme " la manta
por tiempo indefinido, me está viniendo genial y la seguiré utilizando también
en Colombia.
El
viaje nocturno a pesar del frío fue bien, aunque la de adelante echara el
respaldo hacia atrás. Venía también en el bus una holandesa que llevaba
viajando un año. ¡Y yo qué pensaba que viajaba!
La
primera parada del bus fue en Santiago de Veraguas, lugar donde siempre he
parado, fuera en el bus que fuera. Aquí, la autoridad la tiene el ayudante del
chófer que con voz de general nos dijo: " Aquí 25 minutos”. Ni media hora,
ni nada, como si fuera el AVE. Luego fueron 50 o más...
A
las 6 horas y 45 minutos de la madrugada llegaba a Changuinola. Fui a la parroquia
nuestra señora de no sé qué de Hungría y...estaba cerrada. Poco después
apareció Pako Elizalde. El tiempo hace mella en todos, y tenía ligera
dificultades por las rodillas para caminar, y estaba algo más gordo que cuando
lo vi en Sangüesa. El tiempo pasa para todos. Estuvimos un bonito rato
charlando en su despacho y viendo las dificultades económicas que tienen
hasta..., para comer. Luego visto que Changuinola no me ofrecía nada
interesante, decidí irme.
Pako
me acompañó hasta la parada de buses, en medio de una población totalmente
indígena, pero que tiene 3 ó 4 grandes supermercados...chinos, por supuesto. Mi
primera intención era ir a Costa Rica, pero..., me entró pereza. Empecé a
pensar en el paso de fronteras, el cambio de moneda, la tarjeta telefónica, lo
caro que me habían dicho que se había convertido Costa Rica y, en un alarde de
cobardía, agarré un busito y me vine a Bocas del Toro, desandando parte de los
kilómetros hechos en el bus.
El
busito iba medio lleno o medio vacío de gente local. Todo eran risas. El chófer
se partía el culo y yo..., no me enteraba de nada. Hablaban un idioma nuevo,
mezcla de inglés, español, garinfeiro. No cogía ni una mientras ellos lloraban
de risa.
En
Almirante me bajé, cogí una lancha y me dirigí a la isla Colón, concretamente a
Bocas del Toro. Sorpresa, el hotel en el que había estado hospedado otras
veces, ya no existía. La vida no es una puerta que sales y entras
inmediatamente. En estos años ha habido cambios y yo pensaba que todo estaba
igual. Fui al Vista al Mar. Un buen hotel, con terracita privada con vistas al
mar. Yo no podía pagar lo que me pedían, claro está, pero..., había una
habitación a la que se le había estropeado el aire acondicionado. Esa me la
ofertaron por 25 dólares, pero con... abanico (ventilador). Acepté, pero no me
habían puesto el ventilador y protesté. Lo que ocurría es que no tenían y
habían ido a comprar uno nuevo. Al cabo de media hora ya estaba instalado con
mi TV, terracita y... abanico.
No
he hecho nada. Estar tumbado, ver los partidos del domingo, los encierros de
San Fermín y leer el libro Latitud Cero.
Hoy
día 8, me levanté dudando. Como muy bien comentaba con mi buen amigo Javier
Casajús (Pedrete), " Antes era indeciso, ahora..., no lo sé”. Decido
quedarme un día más en Bocas. Alquilaré una bici y daré una vuelta por la isla.
Aquí todos andan en bici, pero esto es auténtico Caribe y van a unas
velocidades...., que no sé cómo no se caen del equilibrio que tienen que hacer
para ir tan despacio. También he visto bicis con motor, pero muy caras de
alquiler.
La
mayoría de la población es negra antillana, pero todos los negocios están en
manos de los blancos: hoteles, alquileres de botes, guías de aventuras, tablas
de surf... Solamente pequeños supermercados están ocupados por..., chinos. Como
allá.
Bueno,
os dejo, que si no, no agarraré la bici. Una vuelta, comer algo, siesta y
esperar a las cuatro para Hapy Houers y tomar caipiriña. Mañana me voy para
Boquete. Agur. Daniel
BOQUETE
Crónica
del 10 de julio de 2019
Hay veces que se acierta y otras que no.
Estoy en Boquete, porque me lo había planteado así. Creo que no acerté.
El lunes 8 de julio, me hallaba
tranquilamente en Bocas del Toro. Demasiado tranquilo quizás, pero...., alquilé
una bici y fue un descubrimiento. Por cabezón, no alquilé la bici al lado
de casa, pues ponía que se alquilaban en 5 dólares y cuando cogí una de montaña
me dijo que esas eran a 10. Por orgullo, recogí los 5 dólares y me fui
caminando hasta el centro del pueblo donde alquilé una bici totalmente morada
por 5 dólares, pero... lo explico. No tiene frenos, es de piñón fijo, esa
expresión que nos han dicho algunas veces y hemos escuchado más. Si quieres
frenar tienes que dejar de darle a los pedales e intentar darle a contramarcha
o hacia atrás al sentido del giro. No puedes muchos porque solo gira un cuarto,
pero bueno, al final y echando el pie, pues frena.
Cogí un camino paralelo al mar y pasé por
unas playas preciosas. Estaba disfrutando un montón, con el sol y las vistas.
Fui hasta una playa que estaba a unos 10 Km. de Bocas y aún proseguí más hasta
un saliente en el mar, donde las olas batían con mucha fuerza. Estaba tan
contento que hasta le ayudé a un extranjero a poner la cadena que se le había
salido de su bici y que llevaba un rato intentando y..., no tenía ni puñetera
idea. Y yo, que cuando tengo que poner un clavo en casa llamo a Juanjo, le metí
la cadena en su sitio. Iba yo pletórico. Luego vuelta al pueblo tranquilamente
y disfrutando de la brisa.
Siesta morrocotuda y luego a comer donde
siempre y..., una caipiriña en una terracita de marcha que lleva una argentina,
pero..., la cosa se ha puesto de tal manera aquí, que ya no ponen pajita o
carrizo en los combinados por el rollo de los plásticos. No es lo mismo ni
mucho menos tomártela con pajita y recrearte, que esperar a que los hielos te
peguen en los labios y te tengas que tragar alguno. No sabe igual.
Hice un poco de tiempo, por el pueblo
paseando y viendo pasajes y posibilidades que hay de moverte desde aquí,
que...., me entró sed. Volví a la terracita y pedí una Balboa (cerveza), y la
dueña o camarero me dijo si pagaba o mejor me abría cuenta. Toma ya. Bueno,
pedí unos tacos mejicanos que estaban de oferta y otra Balboa (eran las 6 de la
tarde y funcionaba el 2 x 1). Con el primer taco salí exultante, pues fui capaz
de envolverlo en la tortita y comerlo sin que se deslizara ni gota de líquido.
Totalmente eufórico, asalté el segundo, fui a hacer la misma operación y..., el
líquido me chorreaba desde el meñique hasta el codo. Más vale que para la
cerveza no tenía problemas. Me fui para casa. No podía dormir bien porque
dudaba en qué hacer al día siguiente. Ya conocía Bocas, lo del alquiler de
bicis, la posibilidad de ir a Cahuita en excursión desde aquí..., un
dilema.
Al día siguiente, día 9, me fui de Bocas
del Toro. Pueblo que debe su nombre a un valiente o cacique guerrero de esta
zona que se llamaba Boca Toro, o la de Colón, que en la isla de
Bastimentos hay una roca con forma de toro echado y una cascada surge de su
boca hacia las otras islas. Cada cual que se quede con la versión que quiera.
El día 9, lancha a Almirante, taxi hasta
la terminal de microbuses y con uno de estos hasta David, para desde aquí,
agarrar un busito y en media hora un poco más aparecer en Boquete o Bajo
Boquete a 35 Km. de David.
Un desastre, lluvia y frío, yo que venía
del Caribe. Cogí una pensión que estaba bastante bien y..., salí a la calle
para comprarme un paraguas. Al día siguiente salió el sol.
Boquete es un distrito precioso de unos
20.000 habitantes. La capital, Bajo Boquete o Boquete nada más, tiene unos
5.000 habitantes y fue fundada o declarada capital en 1911. Situada sobre unos 1.100 m de altitud, goza de
un clima privilegiado (menos el día que llegué yo), con una media de unos 20
grados de temperatura.
Yo la recordaba con mucho agrado y es que
además me gusta mucho. Mi suegra dice que venda el piso de Pamplona y me compre
una finca aquí.
La realidad es que esto está lleno de
mansiones y grandes haciendas. Muchos americanos compran aquí sus mansiones y
se quedan a vivir en su jubilación. Hay momentos que en Boquete hay más
extranjeros que panameños.
La mayoría de cultivos son cafetales. Hoy
por la mañana me he ido a dar una vuelta por estas tierras volcánicas y
he visto los cafetales, pero también he visto los lugares donde viven los
indios guaimjys que son los que trabajan toda la producción del café. Mucho
todo terrenos y grandes cochazos..., pero para los dueños. Vi como rellenaban
bolsas negras pequeñas de plástico, para llenarlas de tierra volcánica y ser el
inicio de semilleros del café. Las mujeres rellenaban las bolsas y los hombres
trazaban con cuerdas el rectángulo donde había que colocarlas. También vi las
casa donde vivían, que no eran precisamente mansiones.
Quería ver Quetzales, pero no ha podido
ser. Con mi malogrado amigo Ángel Huarte, recorrimos los dos el Sendero
de Los Quetzales, que va desde Volcán hasta Boquete, y tampoco vimos.
Al poco tiempo de hacer, el médico, Ángel
Huarte, y yo, ese camino, dos chicas holandesas, que también entraron sin guía,
se perdieron y aparecieron muertas al cabo del tiempo. Dicen que vinieron
perros desde Holanda para encontrarlas. No tenían signos de violencia, se
despistaron se perdieron y se encaminaron cara a la sierra de Talamanca en vez
de seguir el sendero. Desde entonces creo que hay que ir con guía.
No he hecho nada más. Bueno sí, comprarme
un pantalón corto y un niki porque iba un poquito guarro ya.
Y esto ha sido todo aquí en Boquete. Daré
una vuelta más por el pueblo, iré a cenar al Central Park (creo que vale 5 dólares),
y si tengo ganas me subiré hasta un restaurante peruano de alto rango a tomar
un pisco sawer, pero..., vale 8 dólares, ya veré.
Mañana parto para la capital, donde
estaré hasta el 14 por la tarde. Agur.
Daniel
BOQUETE-PANAMÁ
Crónica
del 14 de julio de 2019
El día 11, jueves, me volvía de Boquete a Panamá y la
monotonía se instalaba de nuevo en mi viaje.
El 10, estuve paseando por Boquete y…, porque la que
llevaba ya no daba más de sí. También vi un restaurante peruano de buen nivel
y… no pude resistirlo y tomé un pisco
sawer. Enfrente había una cervecería con todos los anuncios en inglés, la
clientela así lo hacia constar, y el conjunto musical..., eran unos viejillos
de la edad de mi abuelo, vestido uno con gafas oscuras y gorra, otro, el
batería, con sombrero de paja muy yanqui, y aún quedaban el cantante y el de la
armónica. Entre los cuatro unos 275 años y..., lo hacían muy bien. Esto da idea
un poco de lo que es Boquete. Lugar precioso, con muchos restaurantes de
diversas nacionalidades y mucho extranjero.
El día que me fui no llovía. El tiempo estaba bueno
y..., creo que debía de haber estado tres días, pues en dos no se conoce mínimamente
un lugar.
A las 10 salía el bus David- Panamá y..., el mundo ya
es global. Ni rapidez y eficacia en las distancias cortas, ni nada. El bus era
muy bueno y en el piso de arriba estábamos todos en un asiento de dos, teniendo
el otro libre. Todo el mundo se pone los auriculares, el móvil, y así
kilómetros y kilómetros. Se perdió el espíritu aventurero y tertuliano de antes
en los buses. Tras 8 largas horas, llegamos a Panamá capital.
La capital tiene actualmente unos 800.000 habitantes,
aunque los barrios periféricos suman unos 1.200.000, lo que haría una metrópoli
de 2 millones. Se está creando una gran diferencia social. Está la Panamá de
los rascacielos y la zona del Cangrejo, Punta Paitilla, casco Viejo, que quiere
competir con Nueva York, y la otra, la del salario de 600 dólares, que está en
estos momentos quejosa porque la libra de cebollas está a 1,31 dólar y se
convierte casi en artículo de lujo
Dije antes que el mundo cada vez es más global porque,
en Boquete, el día que estaba venga llover, la gente se quejaba de que no
aparecían taxis, cuando hay cantidad, y aquí en Panamá están en contra de la
emigración, a la que achacan todos los desmanes que ocurren en la ciudad. Todo
esto me lo conozco. Bueno, el caso es que por la noche me fui a cenar a un Pizza
Hut. El precio de la pizza más pequeña, individual de 4 porciones, era de 5
dólares y me pareció bien. Cuando la terminé vino la camarera diciéndome a ver
si le podía firmar la cuenta porque me habían hecho descuento. Yo firmé
pensando que el descuento era por ser viernes o algo así, pero ella se me
anticipó y me dijo: " gracias señor, es que a los JUBILADOS les hacemos
descuento”. Toma ya, eso sin pedirme el pasaporte ni preguntarme nada. Y yo que
me creía joven. Me reí, aunque también podía haber llorado.
Al día siguiente, el sábado, fui a comer con Amarilis
a La Taberna Malagueña. Una comida típica panameña: gambas al ajillo en aceite
y paella mixta, regada con unas cañas.
Cuando fui a pagar, Amarilis me dijo que le pidiera el
descuento de jubilado. Así lo hice, y cuando se lo pedí, el camarero no se lo
creía y le tuve que mostrar el pasaporte. Parece que había rejuvenecido de un
día para otro.
Hoy domingo nada especial, ver el final de los Sanfermines
y prepararme para el viaje a Colombia, donde comenzará la segunda parte de este
viaje. Agur. Hasta que me aloje en Medellín y pueda escribir. Daniel
MEDELLÍN
Crónica
del 17 de julio de 2019
No cuento nada porque no hay muchas cosas que contar.
El 14 domingo estaba en Panamá capital, preparado para venirme a Colombia.
Por la mañana el habitual ritual de desayunar mi café
negro y hojaldras y bajar al centro comercial Los Andes. Aquí, siguiendo la
tradición anual, fui a una peluquería y me rasuré la barba y me corté el pelo.
Por eso, los que han visto las fotos, dicen que rejuvenecí. Pero ya esto de las
peluquerías no es lo que era. Recuerdo en Granada, (Nicaragua), como fui a una
peluquería a que me arreglara la barba y..., era de mujeres, pero la peluquera
me dijo que ella sí me arreglaba la barba. Increíble, pasaba la mano por debajo
de mi barbilla hasta la oreja y le daba a la cuchilla. Yo sin moverme ni un
poco. Entre los olores que exhalan los productos de una peluquería y la
cuchilla amenazante estaba yo en otro mundo. El que no haya visto la película
" El marido de la peluquera ", que vaya y sabrá de qué hablo.
Como el vuelo salía a las 03h 20m del lunes, pues para
las 7 y media de la tarde ya me encaminé para el aeropuerto de Tocumen, en la
capital.
Primero el metro, a una hora razonable, luego en el
distrito de San Miguelito se cambia de línea y agarras otro metro hasta
Corredor Sur. Aquí llegué y ya era de noche, pero esto no es un distrito ni
nada de eso, es una parada que te deja en la misma autopista. Aquí, como la
situación era un poco peligrosilla, esperé a que pasara un taxi. Uno paró y
comenzamos el habitual regateo. Él que 3 dólares, yo que 1,50. Me dijo que
era imposible, que era de noche, y era otra tarifa diferente a la que me habían
dicho. Subí yo a dos y al final lo apalabramos en 2,50. Hablando por el camino,
me preguntó a ver qué hacía yo por Panamá y le conté un poco de mi relación con
Panamá. Total, que cuando llegamos al aeropuerto le dí un billete de 5, y
estaba yo buscando 50 cts. Cuando me dijo que no buscara, que me iba a cobrar
2, como así hizo. Elegante el tipo.
Para las 8 y media ya estaba en el aeropuerto y el
avión no salía hasta pasadas las 3 de la madrugada. Me fui al bar y..., empecé
a leer el Quijote con ganas. Ya voy por el capítulo XVIII. Ala 1, ya
pudimos embarcar las maletas y pasar el control policial. Yo iba con mi mochila
de mano y después de pasar por el escáner, las policías que allí estaban
controlando me hicieron abrirla, y una a la otra le comentó en voz alta:
"mira, lleva libros, y uno es el Quijote", y se rieron. Debía de ser
yo el único pasajero que en su mochilita lleva El Quijote.
No tuve problemas para salir de Panamá, pero no me
pusieron sello de salida, no se qué pasará cuando vuelva a entrar.
El vuelo hasta Bogota sin problemas, con una hora y
media de duración. Aquí un poco loco para encontrar el vuelo que me llevaría a
Medellín. Tres controles exhaustivos tuve que pasar dentro de este aeropuerto,
y sin cachondeo de Quijote ni nada.
A eso de las 6, subíamos al avión con destino a
Medellín. Una vez sentados todos, nos dicen que hay mucho tráfico aéreo y que
saldríamos a las 7, como así fue. A las 7 y media aterrizaba en el aeropuerto.
Trámites sencillos aquí, y, sorprendentemente, mi mochila, que había facturado
en Panamá, salió entre los primeros equipajes. Para 2 horas en avión, el
viaje me costó desde que fui a coger el metro 13 horas.
Por fin Colombia. Agarré un bus y me vine al hotel en
el que siempre había estado; el Bella Villa. Por el camino desde el aeropuerto
se veía muchos indigentes, pequeños jardines ocupados por improvisadas tiendas
de campaña de bolsas de plástico negras y gente recogiendo cartones y
rebuscando en la basura. Me dio la impresión de que Colombia no avanzaba en
estos años, a diferencia de Panamá, en cuanto a infraestructuras y modo de
vida. Medellín es la segunda ciudad del país, y capital del departamento de
Antioquia. Aunque estaba muy cansado, fui a ver el parque Berrío que me queda
al lado del hotel. Aquí está el museo de Antioquia, con las obras pictóricas de
Botero y afuera, en la " avenida " de las esculturas, hay, donadas
por Botero, 23 esculturas en bronce impresionantes. A un lado del parque está
la iglesia, que fue la primera construida en la ciudad en 1649, con madera y
paja, y en un diámetro muy grande alrededor de la iglesia se extiende parte de
la prostitución de Medellín. Llega hasta las estatuas de Botero, y las hay de
todas clases, edades y colores. Esto es ¡El Centro de Medellín! También mucha
gente tumbada larga en el suelo, pero todo esto tiene un morbo hasta las 7 de
la tarde, luego a ver quién anda por aquí.
El otro lugar emblemático es el Parque Bolívar y la
catedral metropolitana en un costado del mismo, declarada monumento Nacional en
1982. Es la edificación en ladrillo más grande del país: 1.120.000 ladrillos
cocidos se emplearon en su construcción. Bueno, pues todos los alrededores del
parque y hasta las escalinatas de la catedral se llenan de " mariposas nocturnas”.
Increíble que pululen alrededor de las iglesias. Bueno, pues entre estas dos
construcciones tan simbólicas para la ciudad, la catedral y la iglesia de la
Candelaria, se ubica mi hotel. “Céntrico", como podéis imaginar...
Hoy he estado todo el día paseando por la ciudad;
Terminal Norte de Buses y Terminal Sur. Recabando información, para viajar
mañana a Guatapé y subir su famosa piedra del peñón de 200 metros de altitud y
unos 700 escalones. El viaje lo pienso hacer en el día, porque al día
siguiente iré hacia el Atlántico, a Quibdó, lugar donde nunca he estado.
Este mi barrio es un poco " chungo", pero un
poco más arriba, en la Calle Junín, en el restaurante La casa de Juan, he
comido estupendamente en una terraza, y el dueño, al decirle que yo era de
Pamplona, me ha dicho que él tenía el libro: Pinchos de Pamplona.
Le gente esta paisa, es muy agradable y tratan de
ayudarte. En la terminal Norte, además de informarme, la chica que atendía la
información me ha dado una guía de Colombia, fantástica, estilo a las de Loney
Planet.
Ayer también estuve en la zona Chic, que es el Poblado
y el Parque Lleras. Estuve comiendo en el Tahico, donde hacen un 3 x 1, o sea
que imaginaros cómo me puse de mojito. Esta es la zona " bien" de
Medellín y aquí vinimos a un Hostel americano, que se llamaba el Kiwi, la
primera vez que vinimos, y fue en este parque donde mi amigo Juan conoció a su
pareja con la que más tarde se casó. Esta zona fue el inicio de la ciudad y
dicen que aquí se establecieron judíos españoles, huyendo de la inquisición. Será
verdad...
Por ahora, no ha dado más de sí mi estancia aquí. Me
voy al hotel, que ya es de noche y no es cuestión de tener encuentros ni
agradables, ni desagradables. Agur. Daniel
ANGUSTIA DE UN MÓVIL
Y GUATAPÉ
Crónica
del 18 de julio de 2019
El martes 16, después de escribir la
"crónica" de Medellín, me fui al hotel. Después de estar tumbado un
rato, un sexto sentido me avisó de que algo me faltaba. Vacié toda la mochilita
encima de la cama y..., me faltaba el móvil. Claro, me lo tenía que haber
dejado en el Cyber. Volé pero..., ya estaba cerrado y eran más de las 9 de la
noche. Vueltas y más vueltas a la cabeza y también físicamente, pero no podía
hacer nada.
No es posible que en esta vida tengamos tanta dependencia
de un móvil. Le das vueltas y dices; ¡Ostras! todas mis direcciones, las fotos,
recuerdos y mil cosas más. Te maldices por el despiste, pero también por
la dependencia. No podía parar, quería que ya fueran las 7 de la mañana y
aparecer en el Cyber, cuando abren o media hora antes. Hemos llegado a un grado
tal que, hasta para poder escribir estas líneas, necesito el móvil, pues al utilizar
un ordenador de un sitio extraño me manda un mensaje y una clave al móvil. El
tiempo pasa lentamente y no sabía qué hacer. El grado de impotencia era total. Me
senté en el sofá de la entrada del hotel, para tratar de serenarme y no
angustiarme. Al poco se sentaron dos chicas de muy buen ver. Tenía yo necesidad
de hablar y les pregunté a ver de dónde eran. Me dijeron que eran venezolanas y
que vivían en el hotel y que ahora estaban esperando un taxi para ir a una
discoteca al Poblado (la zona chick).
Cuando se fueron, hablé con el que hace los mandados
del hotel y que sabe de todo un poco. Me tranquilizó, en cuanto a lo del móvil,
diciéndome que los de la tienda eran honrados y que si me lo había dejado allí,
lo recuperaría. Bien. En cuanto a lo de las chicas me comentó que sí eran
venezolanas, y que eran muy " cariñosas ", pero de alta alcurnia. Se
hospedaban en el hotel a un precio convenido, pero sus "bases" de
operaciones se situaban en el poblado. Que pasar una noche con ellas oscilaba
entre los 300.000 y 400.000 pesos. Algo más de 100 dólares. Cuando se me pase
el susto del móvil volveré a hablar con él para que me cuente mas chismes.
Increíble, pero pese a la angustia, pude dormir. Me desperté
a las 6 y me volví a dormir hasta las 7 y media. Me levanté a toda velocidad
y..., ya estaba abierto el Cyber. Para mi desgracia, el que estaba era el jefe
y no el empleado de barbita del día anterior. Le expliqué, rápido y con
palabras atropelladas, lo qué me sucedía; cómo ayer estuve allí y... sin más,
entré a la carrera a la cabina 10 y..., no estaba allí. Más nervioso que cuando
entré, me dirigí a él pidiéndole que mirara en los cajones. Él me decía que eso
no podía hacer, que lo único que podía era llamar al empleado para ver si le
explicaba algo, porque allí no había nada. Llamó y llamó tres veces y el
empleado no contestaba. Yo dándole la tabarra con lo de los cajones y él
diciéndome que no le presionara. La presión al final tuvo efecto y abrió un
cajón donde había tres móviles y..., uno de ellos era ¡el mío! El tipo aún
estaba como perplejo. Lo encendí, le hice ver la foto y me fui al hotel. Mi
pesadilla había terminado, porque si no llega a aparecer ya había decidido que
me volvía a Panamá, pues no tenía modo de poder conectar con mis hijos ni con
vosotros. Maldito poder del móvil. Si sales de casa sin él y te das cuenta, te
vuelves a cogerlo. Si sales sin la cartera, no pasa nada ya me dejaran o me
fiaran o lo que sea. Todo esto se me pasó por la cabeza en esa noche del 16 a la mañana del 17.
Luego fui a Guatapé, pero esto ya lo contaré otro día.
Quería descargar lo que supone la angustia de perder el móvil. ¿Os ha pasado
alguna vez?
Bueno, mañana me voy a Quibdó y no tengo ni idea de la
zona. Solamente he reservado habitación en un hotel barato. Mañana os cuento
más, también la subida a la Piedera el Peñol en Guatapé de 720 escalones y 200 metros de altura.
Agur. Daniel
Quibdó
Crónica
del 19 de julio de 2019
El miércoles 17, pasado ya el susto del móvil, agarré
un bus para Guatapé. No empecé bien, pues el chófer me engañó con lo del
asiento. Yo tenía el 19, que en un busito es el asiento de adelante en frente a
la cristalera, como si fuera el copiloto, pero yo no la sabía y me mandó a los
puestos de atrás. Aquí sí veníamos muchos turistas.
Nos bajamos la mayoría en la Piedra de l Peñol, 3 kilómetros antes del
pueblo. Ves la piedra desde abajo y dices; "...Yo, 726 escalones no subo”.
Recapacitas, piensas, y... ¡si precisamente vine a hacer eso! Pues a subir. La
Piedra tiene 200m de altitud y fue escalada por primera vez en 1954, los escalones
son posteriores, claro está. Hay unos escalones para subir y otros casi paralelos
a estos para bajar. Subí y bajé, claro está. Me parecía más duro desde abajo
viéndolo, que subiendo y bajando.
Tranquilidad, ya llegaré, como le decía a mi amigo
Roberto cuando fue a Machu Pichi. Así fue, no tuve ningún problema. Los
escalones, valga la redundancia, estaban "escalonados", todos a la
misma medida, con lo cual, sin cambiar para nada el paso, se hace muy llevadero.
Arriba, como os imaginaréis, todo era un concurso de fotografía, porque ahora
lo importante no es hacer algo, en este caso subir el Peñol, sino dejar
constancia de que lo has hecho... Cada 25 escalones, había una pintada de
amarillo que te iba recordando el número de escalones que llevabas subidos. Así
hasta el 700, los 26 restantes son añadidos. Después de la bajada, agarré un bus
y fui al pueblito de Guatapé. Una chulada de pueblo, pero como luego me comentó
Erik, un belga, demasiado bonito. Todos los zócalos pintados a diferentes
colores llamativos y muy bien cuidado. Por eso, demasiado bonito, pero muy
agradable para estar.
Al volver, coincido como compañero de asiento, con
Eric, un belga que también viajaba como yo. Me comentó que había hecho la Gr
del Pirineo, creo que es la 7, no estoy seguro, en 7 días. Esto ya no sé si
creérmelo o no, porque me parece que, aun siendo buen montañero, cuesta
bastante más. Lo que sí me contó, y eso me animó, es que él se hospedaba o iba
de hósteles y que no se sentía desplazado ni mucho menos. Es 4 años más joven
que yo y también del gremio de la enseñanza. Intercambiamos direcciones y cada
uno para su hospedaje.
El jueves 18, comienza el viaje aventura. Agarré el
bus de Medellín a Quibdó, y me dieron una posición privilegiada, el asiento
número 1, detrás del chófer con apoya brazos y una panorámica del terreno
fantástica.
Salí a las 9 y media y a eso de la 1 y media
llegábamos a Ciudad Bolívar, ciudad tristemente famosa últimamente por hechos
delictivos. Habíamos recorrido la mitad del trayecto, unos 130 Km . y habíamos tardado 4
horas. Cuando pregunté a ver cuánto nos faltaba me dijeron que otras 6 ó 7
horas. Aquí la distancia no se mide por kilómetros, sino por tiempo. Para los
que utilizamos el sistema métrico decimal diré que faltaban unos 110 Kilómetros .
Paramos a almorzar en otro pueblo creado para la línea de autobuses, el 7 de
Atrato. Yo me conformé con unas tajadas de mango.
A partir de aquí comienza lo bueno. Vamos a penetrar
en la serranía, selvática. El comienzo, todo es miseria, de las casas y de sus
habitantes, esparcidos en unos míseros caseríos y que viven de las vacas fundamentalmente. De verdad es miseria. Luego,
el autobús camina por una pista estrecha. Como el "hombre" ha talado
muchos árboles, en las laderas no hay nada, solo tierra rojiza. Estas se
deslizan o corren constantemente y esta carretera está en unas obras constantes.
Hay un precipicio terrible ami izquierda, que me va a acompañar hasta el final
del viaje y por donde discurre el río Atrato. Cuando se cruzan dos buses o
camiones, eso es una película. Uno de ellos tiene que echar marcha atrás,
teniendo a su lado el precipicio, hasta encontrar un rellano un poco más ancho
de tal manera que podamos continuar ambos. Además, la tierra que se desprende
se convierte en barro resbaladizo, lo que hace más peligroso el trayecto. Los
chóferes son unos figuras, yo no pasaría por aquí. La carretera no tiene
defensas, tiene unas cintas amarillas de plástico como las que se ponen allí
para advertir a la gente de que no pasen. Mi compañera de asiento está hablando
con un familiar, ya relativamente cerca de Quidbó y al referirse al sitio en
donde estamos utiliza un castellano, fantástico;... estamos en un PARAYSIGUE.
Genial.
Luego, pasamos por unas cabañas donde los niños iban
desnudos y las mujeres solamente con falda, los pechos al aire. Más adelante,
el ejército con ropa de camuflaje y metralleta en mano patrullando a ambos
lados de la carretera. Este lugar fue refugio de la guerrilla y hasta hace poco
no se podía entrar. Ahora parece que el ELN ha vuelto a las armas, con varios
atentados a puestos militares, pero..., lejos de aquí.
A las 7 y media de la tarde, tras 20 horas de viaje,
llegábamos al pueblo. Las oficinas o la terminal del Rápido Ochoa, que es la
compañía de buses en la que vine, está lejos del pueblo y en un motocarro que
tenía que hacer el reparto me vine para el hotel. El chófer me dijo que
trabajaba para la empresa y que era de confianza. Total, que en el camino, como
íbamos los dos adelante y apretados, se me abrió la puerta. Felizmente, no me
caí, pero todo podía haber sido. Mejor si me caigo de un motocarro después de
haber pasado por la pista que pasé.
El pueblo no me ha dado tiempo a verlo, pero en un 90%
es población negra. Se le ve vida y parece agradable. En el hotel me regalaron
una botella de agua por cortesía de la casa y me pusieron en una bonita
habitación. Fui a cenar y pedí una cerveza. Como comí pescado y me puse pringao
pregunté por el baño para lavar las manos. Cuando volví habían retirado mi mesa
y..., el último trago de cerveza que me quedaba., que suele ser el mejor. Se lo
comenté a la chica que me había servido y..., me trajo otra botella por cuenta
de la casa. Bonito detalle, teniendo en cuenta que la cena eran 11.000 pesos y
la cerveza vale a 4.000 pesos cada botella. Le di las gracias y le dije que
volvería todos los días que me quedara en Quibdó.
Hoy, día 19, me he quedado en la habitación viendo el Tour
y ahora me voy a ver si me entero de las posibilidades que me da el Chocó. Es
posible que esta sea mi base de operaciones y que en otro viaje de aventura me
vaya hasta Nuquí, ya en el mar Pacífico. Ya os lo contaré. Agur. Daniel
Quibdó-Salento
Crónica
del 24 de julio de 2019
La ventaja de viajar solo es que
puedes hacer lo que te de la gana. Eliges el hostal que quieres, puedes ver la
tele o no, y eliges los itinerarios.
Todo esto está muy bien, pero hay otras
cosas que no están también y es sobre todo compartir los buenos momentos. En Quibdó
he estado de maravilla. Creo que han sido 4 días. La cultura es chocante,
caribeña a más no poder. Es un espectáculo para la vista, sentarte a tomar una
cerveza y ver el espectáculo de la gente.
El pueblo no tiene nada de especial,
salvo el malecón y la iglesia. No me importa, yo creo que he visto algunos de
los mejores monumentos del mundo creados por el hombre. Cito solamente algunos
que me han impresionado; el Taj Mahal, Machu Pichu, Santa Sofía, Petra o el
acueducto de Segovia. Con esto quiero decir que no me muero por ver monumentos
y Quibdó no los tiene, pero ..., tiene una gente maravillosa.
Esta ha sido, o es, una zona de 0
turistas, de hecho no vi a ninguno. Aquí durante muchos años operó la
guerrilla, el ejército, narcos, paramilitares etc. Los de la guía Loney Planet,
ni entraron aquí. Pues bien, merece la pena venir hasta aquí, aunque la
carretera que viene desde Medellín produzca una angustia y una tensión
tremenda.
Encontré un lugar para tomar cervezas
fantástico, Zimarrones burguer. Atendido por un "negro"
grandote que, además de servir muy bien, le faltaban poco más de dos meses para
terminar arquitectura, y aquí trabajaba para pagarse los estudios. Él me
comentó que Quibdó era un lugar por hacerse. Todas las "manzanas"
están formadas por un n° de avenida y un n° de calle, no teniendo nombre propio
y siendo todas iguales, lo que lleva a que, con mi sentido de orientación tan
prodigioso que tengo, me pierda muchas veces. Lo importante aquí es el
espectáculo en las calles. Las "negras" son coquetas, o más que
coquetas, son como son en esta cultura. Van vestidas con unas minifaldas
cortísimas o unos pantaloncitos también muy cortos, unos peinados espectaculares,
la mayoría con trencitas de los más diversos colores. Unos labios rojos y una
delantera de exhibición. Les encanta tener el culo grande y presumen de ello,
los colores de sus vestidos son muy vivos, amarillos en gran cantidad.
Los hombres van en su mayoría camisa
blanca y pantalones largos, nada de cortos. El medio de transporte es " la
moto", que maneja todo el mundo.
Este es el espectáculo que me gustaba
ver, sentado en los zimarrones con una cervecita o un mojito. Claro, si hubiera
estado con otro, lo habríamos comentado, discrepado, compartido.
Me sorprende ver a toda una población
negra, manejando perfectamente el castellano. Me choca un poco. Un día, estaba
esperando que quedara una mesa libre con vistas a la calle, para tomar una cerveza,
cuando por fin se levantaron tres chicas y la dejaron. Cuando vieron que
rápidamente me sentaba yo, me dijeron: ¿estaba esperando a tener mesa libre?
Haberlo dicho y se sienta con nosotras y así hablamos.
Renuncié a ir a Nuquí porque la gerente
del hotel me dijo que la situación ahora con la guerrilla y el narco era un
poco peligrosilla en la costa del pacífico. De todas maneras el viaje era duro;
tenía que agarrar un bus hasta puerto meluk, desde aquí esperar una barca, que
río abajo durante más de tres horas, me llevara a Pizarro y desde aquí, si
había suerte, otra lancha motora a mar abierto que me llevara a Nuquí. Lanchas
marítimas no había todos los días y posiblemente me tendría que quedar en
Pizarro uno o dos días... Haciendo cuentas, me salía más caro que el avión
y..., ya no estamos para muchas aventuras. Renuncié después de haber hecho
reserva en Nuquí. El cancelar la reserva fue también un camino casi tan largo
por internet como el llegar a Nuquí. Una vez renunciado a esto, agarré un
bus hasta Tutunendo y desde aquí, en una piragua, hasta una cascada que se
llama sal de frutas. El barquero manejaba la canoa con una pértiga, ya que la
profundidad del río era pequeña. Atracamos en una playita y luego por una
trocha o camino selvático, después de caminar 20 minutos, llegamos a la
cascada. Aquí pudo ser "la tragedia", entre comillas, porque resbalé
en una piedra del río y caí de espaldas, dándome una buena culada. Estos
accidentes "domésticos”, son los que más desgracias traen. Problema
actual, después de todo lo escrito no hay conexión. A ver si me lo guardan en
una memoria y luego sigo. Volví a cenar a mi lugar de
costumbre. Por segundo día consecutivo, en vez de tres cervezas, me cobraron
dos. Esta vez no tomé mojito, aunque ahora en Salento me arrepiento de no
haberlo hecho. Aquí van a 18.000 y no hay el paisaje humano que había desde la
terraza de Zimarrones. No dormí nada bien la noche del domingo pensando en que
me tenía que levantar a las 5 y media. Me quedé viendo una película sobre los
33 mineros supervivientes del derrumbe de una mina en Chile, y luego ya no
podía dormir. A las 6 ya estaba en la calle intentando parar a una moto para
que me llevara hasta la terminal. Vino uno con una capa de agua negra y, como
no era el momento para regatear, acepté el precio que me dijo, 6000 pesos, al
cambio 2 euros. Hacíamos buena figura, el motero, con su capa negra, la moto, y
yo, con la mochila a la espalda agarrándome a donde podía. Era agradable de
todas las maneras. Tenía una buena sensación como de libertad, aunque esa no
sea la palabra. Me recordaba a la segunda vez en India, cuando con Patxi Oteiza
íbamos cada uno en una bicirichow de agra a la terminal de tren. Había estado
muy a gusto en Quibdó. El paisaje del malecón, la gente.... Hacía mucho tiempo
que no veía unas escenas, de no hace mucho, pero que ya no se dan: vejetes
sacando unas sillas de esas de jardín, y al atardecer juntarse en el umbral de
la casa, en la calle casi, a jugar, unos a las cartas y otros al dominó.
También grupos de mujeres, "tomando la fresca", por el placer de
hablar. Todo esto me gusta ver. Agarré el bus de la línea occidental y rumbo a Pereira.
Nada que ver con el viaje anterior, la carretera era muchísimo mejor, aunque
nos faltaba atravesar la sierra. En el camino, un indígena se había cortado en
el brazo con un machete y se encontraba con tres miembros de su familia el
borde de la carretera, ensangrentado, el brazo cubierto con unas telas. El
señor Nairo (el conductor), paró les llevó hasta el pueblo mas próximo y ni se
le ocurrió pedirles nada. La niña que completaba el grupo, cuando bajaron le
dijo: gracias señor Nairo. Nada más. Pasar la sierra, que sí que es costosa
y..., encaminarnos cara a la región de Antioquia. La carretera ya era asfaltada
y todo el paisaje, tanto humano como físico, es otro. Se acabó la belleza de la
negritud y su forma de ver la vida. Me adentraba, otra vez, con los blanquitos
de la zona cafetera de Colombia. Llegué a Salento y me hospedé en el primer
hotel que vi. Tras regatear por el precio, me lo dejó en 50.000 pesos, con
desayuno incluido. Era el mejor en el que había estado. Pero, por la noche,
cuando me tumbé a ver la tele (tengo un pantallón enorme), sentí como un
cosquilleo que subía por mi brazo. Era: ¡una araña grande! Iba rápida, pero
braceé, cayó al suelo y la maté con una zapatilla. La sensación del cosquilleo
me duró toda la noche, ¿y si me picó?, pensaba yo. Pero, al día siguiente, el
brazo estaba igual que antes del episodio de la araña y me fui a conocer el
pueblo. Siento lo de los cambios de letra y no sé si lo he mandado dos veces,
pero vosotros, que sois muy listos, borrad lo que no sirva y ya está. Agur.
Daniel
Salento
Crónica
del 26 de julio de 2019
La verdad es que pasado el episodio de la araña, en el
hotel he estado fenomenal. Una pantalla de TV enormemente grande, enfrente de
la cama, que me ha hecho disfrutar del Tour un montón. También la ducha tenía
buen chorro de caliente y fría. Todo esto parecen pocas cosas, pero a mí, que
viajo solo, cuando me aburro, me tumbo a ver la tele tranquilamente.
Los tres días fui a cenar al mismo sitio: Restaurante
Juan Esteban, y los tres días cené lo mismo: trucha frita al ajillo y una
cerveza Club Colombia.
El primer día, aquí me quedé, en el pueblo, haciendo
esa crónica con esa letra tan rara que me salió y enterándome un poco de todo
lo que se podía hacer. En información y turismo cogí un mapa de Colombia y
coincidí con una madrileña, Patricia, que estaba un poco histérica. Volví del
valle del Cocora y los jeeps son de 8 personas atrás y dos adelante. Salió del
jeep, angustiada y protestando contra todos. Luego, el cajero no le daba dinero,
y yo creo que, en su histerismo, se destrozó la cara reventándose un grano. Como
el problema lo tenía ella, yo le di buenos consejos, porque no es lo mismo dar
consejos que padecer la situación, y en dar todos somos muy buenos. Finalmente
consiguió el dinero, pero no me invitó ni a una cerveza. Ya no la volví a
ver.
Por la tarde subí a un mirador (otra vez escalones), y
desde aquí, por un sendero, bajé hasta la carretera que lleva al valle de Cocora.
La bajada fue más rápida que lo pensaba, pues me pegué un culetazo de aupa. El
sendero era estrecho y lleno de barro. Un perro, al poco de comenzar el
sendero, se unió a mí y me esperaba, luego me pasaba y yo creo que hasta se rió
con la culada. Me acompañó hasta abajo, y luego, cuando volví al pueblo, él
también lo hizo.
Llegar al pueblo y llevar la ropa a lavar. Encontré
una lavandería que por 1 euro me lavaban tres piezas. Ya imaginaréis qué hice.
El miércoles 24, agarré un bus hasta Armenia, para
casi sin desmontar, agarrar otro hasta Pijao. Aquí vine porque mi amigo Javier
Ema me dijo que era una "joyita" escondida en un valle. Efectivamente
lo es. Muy, muy bonito, pertenece al grupo de los pueblos con sueño o algo
parecido. El sobrenombre, le va todo. No hay casi nadie. Cuatro vejetes
sentados en la plaza. Puedes pasearte y sacar fotos por todo el pueblo
tranquilamente. Hay una casa exposición que se llama la Casa de los recuerdos.
Entré y vi un poco cuáles eran los recuerdos del abuelo de la Doña. Ella me contó
que Pijao, hasta no hace mucho, tenía 25.000 habitantes, y ahora unos 5.000.
Demasiado bajón me parece. Muy bonito, muy bonito, como nuestro Roncal ó Salazar,
pero si no hay trabajo la gente se va y se queda el pueblo para las fotos.
En el Hostal Central, el más importante, en la plaza,
había puestas en la fachada 4 banderas, siendo una de ellas la española (no la
ikurriña, que viene Maya y...). Pregunté el motivo a una mujer que allí estaba en
un banco hablando con dos señores y me dijo que ella era la que administraba el
local, que había estado 17 años en España, 16 en Almería y 1 en Huesca, que
tenía hasta la nacionalidad y como recompensa a todo lo que España le había
dado, ponía la bandera.
Un pueblo recomendable este Pijao, al 100%, para una
cura de espiritualidad y de tranquilidad. La señora me dijo que sí que venía
gente y que en dos semanas no les bastaba para recorrer los cafetales y los
senderos alrededor del pueblo.
Pues ya está visto, me falto ir a un mirador de
colibrís, pero esto os lo dejo a vosotros.
Otra vez vuelta a coger los dos buses. La gente cuando
quiere bajarse, chilla un poco y dice: "por aquí", y el bus para. También
dicen: ¿me regala una cerveza? Que quiere decir me vende una cerveza. Con
Maricruz al principio esta expresión, que también utilizan los panameños, me
sorprendía mucho. Como lo de dos mujeres que se han motado cuando el bus ya
estaba lleno; " Tendrán que ir paraditas", o séase, de pie.
Hoy 25,
mi último día de estancia en Salento, lo he aprovechado
para recorrer el Valle de Cocora. Me tomé mi tiempo porque me quedé viendo la
victoria de Nairo Quintana. La trabajadora del hotel hasta me trajo la bandeja
del desayuno a la habitación. No acepté, acabó la etapa y salí afuera a comer
mis huevos "pericos" y mi café negro.
A eso de las 11, agarraba un jeep para ir al valle de Cocora.
Una vez llegados y después de hacer las fotos de rigor a las Palmeras de Cera,
que es el árbol representativo del país, me fui a vadear un río para subir por
un sendero hasta los 3000m de altitud.
Un desastre; en el río me caí y me mojé. El sendero me
produjo angustia, por lo tupido del camino y la tontería que hacía subiendo yo
por allí. Para arriba y más para arriba y nadie en el camino. Estaba
angustiado, cuando de repente oí voces. Era una pareja de colombianos que
bajaban. Esa aparición, para mí, fue como un milagro. Me dijeron que me quedaba
como un kilómetro para llegar arriba. Luego había una pequeña explanada y más
adelante un cruce donde podría coger un camino que me llevaría al Valle. Llegar
arriba y no ver nada, todo uno. Agarré un trochita que salía a mi izquierda y
la anduve como unos 15 minutos. Al no ver ningún otro cruce y ver que se estaba
echando la niebla,... desanduve lo andado y volví a bajar por donde había
subido. Me costó hora y media bajar, pero pese al cansancio, iba tranquilo
porque sabía que ese era el camino verdadero. Antes de llegar al lugar de
estacionamiento de jeeps, me cayó una tromba de agua que me dejó totalmente
mojado. Agarré el jeep que salía en ese momento y al pueblo.
Llegar, comer una crema de pescado, con pollo a la
plancha y café tinto, este por cortesía de la casa. Una vez un poco recuperado,
tuve que ir a un" almacén" a comprarme ropa, pues la que llevaba
estaba totalmente mojada y a la noche me tenía que ir en bus a Bogotá.
Hecho esto me despedí de la empleada del hotel y...,
así hasta Armenia desde donde escribo esta crónica sobre mi estancia en
Salento. Dentro de 2 horas parto camino a Villa de Leyva, parando antes en
Bogotá.
Agur a todos, desde Leyva procuraré escribir
Daniel
Villa
de Leyva
Crónica
del 30 de julio de 2019
Os juro que hay una tecla en el ordenador, a la cual
le das, sin saber cuál es, y borra todo lo escrito sin posibilidad de
recuperación. Esto me pasó ayer.
Los últimos escritos fueron desde Armená camino de
Bogotá. Acabé de escribir, tomé una bandeja de frutas y..., algo se veía mal en
el ambiente. Pagué y me fui a la terminal que estaba a 50 metros . Yo noté que me
seguían, y cuando ya me faltaba poco para llegar me paré, y el tipo que me
seguía pasó delante de mí como sorprendido. Luego pude comprobar que era uno de
esos ¨locos¨ que pululan por las estaciones de buses. Olía fatal y se le olía
desde lejos, una mezcla de pachuli y no sé qué otros ¨perfumes¨. El caso es que
no ocurrió nada, pero me hizo estar mas alerta para la próxima vez y no
alejarme de los ´centros" de seguridad, en la noche.
Había cogido tiket para el bus de las 10 y media,
porque así pude elegir sitio. Luego caí en que era de noche y no iba a ver
nada. De hecho, hasta que no hicimos la aproximación a Bogotá no se veía nada.
El chófer del bus era un cojo, pero de esos ¨pata chula¨ de pierna rígida, que
tenía que entrar al bus por la parte derecha, agarra con las dos manos la pata
para sortear la palanca de cambios y ocupar su posición natural. Luego resultó
ser un gran conductor, aunque a veces la ¨pata" se le quedaba trabada en
el acelerador e íbamos a toda velocidad. Todo fue bien hasta el Alto de La
Línea. El más duro de Colombia y de gran parte del mundo. Las ¨mulas¨, esos
camiones de 3, 4, o 5 ejes y 22 ruedas,
bajaban el puerto ocupando su carril y parte del otro. Había que parar en casi
todas las curvas, que son muchísimas, para poder seguir. El caso es que en
alguna parte del puerto había un accidente que nos retuvo más de una hora en
mitad de la noche y en mitad del puerto. No había nada que hacer; esperar,
esperar y esperar.
Cuando finalmente proseguimos y llegamos arriba del
puerto, yo no vi nada especial, ni camión parado, ni policía, ni nada. Fue una
hora perdida muy importante. Debido a esta pérdida, llegamos a las
inmediaciones de Bogotá a eso de las 6 de la mañana, hora intempestiva, pues
todo el mundo iba a su trabajo. Un enjambre de motos, bicis, coches, autobuses
llenaban totalmente los accesos a la capital. Tres horas para poder llegar a la
terminal Norte. A eso de las 9 llegamos.
Bogotá tiene más de 8 millones de habitantes y es más
bien fea. Por eso llegar a la terminal y tratar de encontrar un bus para Villa
de Leyva fue todo uno. Esta terminal es tan grande que esta dividida por
módulos. Yo estaba en el módulo 5 y tenía que ir hasta el 3. Más vale que mi
castellano o español es perfecto y me aclaré enseguida. Llegar y salir, sin saber
que en esos momentos y por casualidad, en esta misma terminal se encontraba mi
sobrina Maider, que se dirigía hacia Salento.
Bueno, agarré el bus y salimos por la zona Norte de la
ciudad. Nada que ver con la entrada por la zona sur. Esta zona es la ¨rica"
de Bogotá y se ve en las casas y en la forma de vestir y desplazarse de la
gente. Paramos en un terminal pequeño antes de abandonar la ciudad, y allí se subió y se sentó a mi
lado un chico con pintas de despistado y de Pitagorín. Comenzamos a hablar un
poco y, al comentarle que yo era de Pamplona él me contestó que ya conocía esa
ciudad, que había estado este año, la semana anterior a los Sanfermines en un
congreso de físicos que trataban sobre el tráfico. Anda ya, sorpresa te dan los
viajes. Él también iba a Villa de Leyva a otro congreso, pero se hospedaría
pagado por la universidad en otro hotel fuera de mi alcance. Después de esta
pequeña charla, se durmió hasta la
llegada.
Llegar a Leyva, y aunque llevaba 8 direcciones o más
no me sirvió para nada. Estaba derrengado del viaje y con la mochila a la
espalda no era cuestión de andar. En el primero que encontré, enfrente de la
terminal de buses, me quedé para tres días. Era el hostal Central, y me
hicieron buen precio, porque la habitación que me dieron era un poco ruidosa
por estar pegada a un local de villar y las bolas no entienden de silencios.
Tres días me apalanqué en esta ciudad, o villa fundada
en 1.572 por Hernán Suárez de Villalobos, que le dio el nombre de su
superior, Andrés Díaz Venero de Leyva. Que fue el primer presidente de la
audiencia de Nueva Granada. En un principio era un lugar de retiro para
oficiales del ejército, religiosos y nobles. En los últimos años se ha
convertido en un lugar de retiro para turistas, extranjeros con dinero y para
los bogotanos, los fines de semana.
Lo más impresionante es su Plaza Mayor de 120 x 120 metros de lado,
pavimentada con enormes adoquines y rodeada por magníficas estructuras
coloniales y una iglesia parroquial, sencilla y encantadora, construida en el
año 1608. Pero Villa de Leyva es algo más que la Plaza Mayor. Las calles son
una maravilla, con edificios coloniales, todos de una altura y unos balcones
pintados en su mayoría en verde o en azul, que te hace retroceder en el tiempo
y ver que los españoles hicieron barbaridades, pero también cosas maravillosas.
Los patios de estas casas son encantadores, aunque la mayoría de ellos se han transformado
en restaurantes, caros, o en tiendas de recuerdos y artesanía.
Por estos lugares anduve tres días. El primer día no
hice nada, me tumbé a descansar y se me pasó la tarde. El segundo día tenía
decidido que iba a ¨patear¨ y fotografiar el pueblo, cosa que hice. Había un
restaurante llamado Carnes y Olivas, que daban un menú maravilloso. Pues bien,
como soy animal de costumbres, los tres días vine a almorzar aquí. Por la tarde
en la plaza Mayor, conocí a Ricardo, un politólogo que había vivido 7 años en
Alemania. Estaba con su tío, un escultor famoso, de fin de semana en la Villa.
Unos borrachos indecentes, a los cuales por cortesía me agregué, aunque supe
retirarme a tiempo.
El tercer día de estancia, alquilé una bici y me fui a
recorrer el valle. Os cuento que aquí en Colombia, no hay ni una recta. Todo
son subidas y bajadas, por eso el concepto de la distancia no existe. He
calculado que la media que sacan los autobuses en el mejor de los casos es de 30 Km . por hora. Si vas
a ir de un pueblo a otro de de 150
Km ., echa entre 5 y 6 horas.
Bueno, yo con mi bici iba mucho más despacio. Primero
llegué hasta un lugar conocido como Pozos azules, motivado ese color del agua
por los minerales que hay en estos pozos. Como había que pagar, y además, no se
podía bañar, me fui.
Ahora ya era cuesta abajo y llegué hasta El Fósil. Aquí
había tres museos y entré al peor de todos, al de las piedras. Con enormes piedras
recogidas de los alrededores y trabajadas un poco y con mucha imaginación,
puedes decir que tal piedra es un caballo, o una tortuga, o un conejo... como
en la ciudad encantada de Cuenca, pero en peor. El otro museo era el del
fósil de verdad. Aquí se encuentra el fósil de un Cronosaurio de 7m de largo,
correspondiente a una cría que medía 12 metros , pero la cola no se conservó. Es impresionante,
pero no lo vi porque estaban en reformas y el cronosaurio no se exhibía. No
entré, ya lo había visto unos años antes, pero si se hubiera exhibido hubiera
entrado y fotografiado. No pudo ser. Continué mi recorrido bicicletero hasta el
observatorio solar muisca, llamado por los españoles ¨el Infiernillo¨, por la
cantidad de piedras prodigiosas de falos que hay y que para los muiscas era la
abundancia, prosperidad, cosechas, y para los españoles era la lujuria y el
infierno. Este museo al aire libre me gustó y fotografié. Aún seguí con mi
periplo bicicletero hasta llegar al convento Santo Homo. Construido por los
Dominicos, en 1670. Está muy bien. El suelo de su entrada está formado por unas
enormes losas formadas, por amonites, trilobites y numulites gigantescos. Increíble
la cantidad de fósiles que hay por todas partes.
El interior es como la mayoría de los conventos, pero
en el refectorio o en la biblioteca, hay unas figuras de monjes dominicos
hechas con maniquís que te impresionan un poco. No quisiera yo haber caído en
manos de estos durante el periodo de la inquisición.
Desde aquí, vuelta, aunque más suave hasta Leyva.
Total unos 30
kilómetros de subidas y bajadas. Llegar al hotel, siesta
y por la tarde un rato a la plaza después de pasar por el Carnes y
Olivas.
En la plaza me junté con Ricardo, que andaba tomando Coca
cola debido a las cervezas de los dos días anteriores. Me comentó que su oficio
era asesorar a los políticos, pero no a un partido en particular, sino al que más
le pagara. Charlamos un rato, intercambiamos direcciones y quedamos en estar en
contacto.
Al día siguiente iba a Tunja, para, desde allí, coger
un bus para San Gil. No me quedé en Tunja, todo el mundo me había hablado bien
de Barichara y decidí que iría a conocer esta pequeña ciudad. En el camino,
casualidades de la vida, en un pequeño restaurante, en el cual paramos para
almorzar, me encontré con Eric el belga, que iba hacia Salento y seguía de
hósteles. Lo importante en un viaje con bus para el chófer es parar a almorzar,
aunque el trayecto sea de 50 Km .
Ahora estoy en San Gil, capital de Colombia de los
deportes al aire libre. Es sencilla, pero se está bien. Como buen patriota
estoy en un hostel que se llama Gernika, aunque de vascos no tienen nada.
Bueno os dejo que me voy a conocer Barichara. Agur. Daniel
San
Gil-Cartagena
Crónica del 2 de agosto de 2019
Coincido, esta vez, con la guía, en que San Gil, sin
ser la ciudad más bonita de Colombia, tiene un atractivo que te hace
parecer corta la estancia. Yo he estado
dos noches, que han sido casi tres días, pero también he tenido esa sensación.
Turísticamente tiene dos atractivos: la plaza y el parque el Gallineral.
La plaza sí es atractiva. Siempre con gente, y con
follón entre los moteros. También, como me comentó Eric, hacen unos
pinchos morunos de res, muy buenos. Los probé, claro está. Descubrí, así
por casualidad un restaurante que se llama Maná. Fantástico, al segundo día de
estar me trajeron dos postres, porque ya era cliente.
En la plaza, en el restaurante Los Balcones, se
desayuna un desayuno americano que te mueres. Todo el mundo me había hablado
muy bien de Barichara, que tuve que ir dos días. El primero fue un poco de
investigación, para ver cómo era el pueblo, y la verdad es que era una
"cocada". Tan bonito como Salento o más. Todas las casas de una altura,
encaladas y con unos zócalos azules o verdes. La iglesia, impresionante, hecha
de arenisca y demasiado para las necesidades reales del pueblo. Cuenta la
leyenda que en 1702, a
un granjero se le apareció la virgen en su campo, sobre una roca. Los lugareños
construyeron una pequeña capilla para conmemorar el milagro. Tres años más
tarde, el capitán español, Francisco Padrilla y Ayerbe, fundó la villa de San
Lorenzo de Brichra, inspirándose en la palabra guane barechala, que significa
" buen lugar de descanso”. Comparada con Villa de Leyva, es más elegante y
menos turística.
Bueno, pues esta villa me la pateé una mañana para
descubrir dónde comenzaba el camino real, que une Brichale con Guane. En cuanto
lo vi, bajé a la plaza y me volví para San Gil. Aquí compré el billete de bus
para Cartagena de Indias.
El día 31, miércoles, no me levanté muy pronto, y eso
luego lo pagué. Fui a desayunar bien, luego a escribir la crónica y finalmente
al "terminalito", donde agarré el bus, para Barichala, nuevamente.
Total que entre unas cosas y otras eran la una del mediodía cuando me plantaba
en la entrada del Camino Real.
Este antiguo camino, empedrado, fue construido por los
indígenas guanes, después fue reconstruido varias veces. Declarándose monumento
nacional en 1988. Tiene una longitud de 9 kilómetros , y en su
inicio empieza descendiendo el borde del valle de un cañón. Y luego atraviesa
un valle lleno de cactus y árboles.
Total, que yo comencé muy risueño mi camino pensando
que eran 5 Km .
Llevaba de casi todo; un sombrero para el sol, gafas, crema solar, que no
utilicé, y zapatillas adecuadas. Solo me faltó, una cosa: el agua. Pasados 5 Km ., yo pensaba que ya
estaba casi en el pueblo y..., todavía me faltaban 4. El camino era cuesta
abajo, y de lo único que tenías que preocuparte era en pisar bien las piedras
para que no se te doblase el tobillo y tener un esguince.
Todo esto lo dominaba, pero la falta de agua era
acuciante. Entendí los chistes de los náufragos de Forges. En el último Km., ya no podía más, pero ¿qué podía hacer?:
pensar en el esfuerzo de los ciclistas del Tour en el último Km., cuando parece
que cada vez es más larga la distancia.
Llegué al pueblo. Con la última, habían sido dos horas
bajando por el camino. En la primera tienda que vi entré y pedí una botella de
agua grande. En dos tragos me la bebí. Sudaba por todas partes. Esperé un poco
a reponerme y fui a la plaza. El pueblo este de Guane era una chulada, pero
solo lo vi desde la plaza, sentado en un
banco. Agarré dos autobuses y me vine a San Gil. Aún tuve tiempo de ir al
parque el Gallineral y recorrerlo andando. Está bien, sin más, aprovecha la
desembocadura de un riachuelo en el río Foce, y, en su entorno, han construido
unos caminos y le han dado la categoría de parque. Si los de Sangüesa
hiciéramos un recorrido desde la Barca Monrealico hasta la desembocadura del
Onsella, con unos caminos rurales, tendríamos un parque mejor...
El caso es que para las 7 ya estaba yo en la terminal
de buses, pues el bus salía teóricamente a las 7 y media. Total que salió
a las 8. No íbamos mucha gente, y yo tenía asientos para mí el 1 y el 2,
pero...ya era noche y no se veía nada. A eso de las 12 de la noche pasábamos
por Bucaramanga (recordad la canción de Pekeniques de tren transoceánico a
Bucaramanga ) y a eso de la 1 del mediodía, el bus paraba en la terminal de
Barranquilla.
Aquí no vi ni a Shakira ni Piqué, lo que
sí vi es que se bajaron todos los pasajeros menos un polaco y yo. Como solo
éramos dos, nos trasbordaron a otro bus de la misma empresa, porque el mínimo
para seguir hasta Cartagena era de 5.Otra espera de media hora. Por fin nos
montamos en el que iba a Cartagena y a eso de las 3 de la tarde llegábamos a la
terminal. Aquí no acaba el viaje, pues la terminal está como a 10 Km . de la ciudad. No nos
aclaramos el polaco y yo, y cada uno nos fuimos por nuestra cuenta.
Yo ajusté el precio con un motero en 10.000 pesos, que
era lo que se llevaba. Me dio un casco bastante más grande que mi cabeza que no
tenía sujeción. Fuimos por un camino-carretera, sorteando él todos los coches y
motos que podía, y yo, con una mano, sujetando el casco que se me quería salir
de la cabeza, con la otra, la mochilita pequeña, y en la espalda la grande.
Sorteaba a todos con una habilidad increíble, y yo ya ni me preocupaba por el
tráfico, estando como estaba. Feliz y rápidamente me trajo hasta la entrada del
Barrio Getsemaní. Ahora, las motos no pueden entrar. Me dejó cerca, caminé unos
metros y me hospedé.
Cartagena es otra cosa que os contaré en la próxima.
Agur. Daniel
Cartagena
de Indias
Crónica
del 5 de agosto de 2019
Llegué el día 1, jueves, y hoy voy a hacer mi cuarta
noche en Cartagena. Esta no es una ciudad, son tres en una o quizás más.
Lo que a todo el mundo le impresiona es el Casco
histórico o ciudad amurallada. A mi también, claro está. Sus 13 Kilómetros de
murallas, con calles tan cuidadas y estrechas dan un sabor especial.
Esto se ha convertido en prohibitivo. Aquí viene todo
el turismo rico, ya sea colombiano o extranjero. Todo es carísimo. Eso sí, los restaurantes
son una preciosidad (por fuera por lo menos), hasta los soportales de la plaza
principal están llenos de puestitos que te cobran un ojo de la cara por una
botella de agua. Ah, se me olvidaba decir, que durante el día aquí hace un
calor impresionante.
Ayer, sábado, por primera vez en mis tres veces que he
estado aquí, entré por la noche en el casco histórico. Iba yo, con mi camisa de
Osasuna, pantalones cortos y sandalias. Vi a un montón de mujeres guapísimas
que entraban a un local llamado La Dolce Vita. No pude superar mis ansias de
curiosidad y le pregunté al portero (había tres), a ver qué era ese local. Me contestó
que era una discoteca. Mi siguiente pregunta fue a ver si podía yo entrar y, sorprendentemente,
me dijo que sí.
Entré y ya me di cuenta que yo allí no pintaba nada, con
esas pintas. Las mujeres, de película, pululaban alrededor de maduros, con
dinero. Yo, como no tengo ninguna de esas cualidades, me libre de esa
presencia. No me atreví ni a preguntar a ver cuándo valía la consumición.
Estuve 19 minutos tratando de pasar desapercibido y lo conseguí, porque no se
me acercó nadie.
Este es el Cartagena colonial. Yo vivo en otra
Cartagena, en el barrio de Getsemaní, que poco a poco se va transformando y se va
a convertir dentro de poco en otro barrio de privilegio. La gente forastera,
que tiene mucho dinero, compra una mansión de las que hay en esta calle y que
se caen a pedazos y la transforma en un restaurante o en hotel.
A la entrada del barrio, desde la Puerte del Reloj,
hay un restaurante español, de muy buena pinta, pero siempre lo he visto medio
vacío, o sea, nadie. Preside el restaurante una bandera española, grandísima,
con el toro de Osborne en medio, decorado, con fotos de Paco de lucía y demás
flamencos. Dije que iba a ir, pero no fui.
Paseando por el otro lado de la calle hay un parque
cerrado por unas verjas. Pues bien, cuando me cambié de acera para venir para
casa oigo ah, ah, ah. Sigo como si nada y en ese momento oigo la voz de una madura
negra, que me dice: oiga joven, ah, ah, ah, sexooo. Seguí mi camino riéndome
para mis adentros. Así es el barrio de Getsemaní, lleno de
"mariposas" nocturnas que preguntan: Hol, ¿qué tal estás? Mi nombre
es Kely, ¿y usted? Las palabras mentirosas, unidas a parpadeos de ojos, te
hacen creerte que eres guapo. Todos los turistas de bajo presupuesto estamos aquí.
En la plaza Trinidad no se puede ni estar de guiris. La calle Media Luna, y la
calle Tripita y Media, al atardecer, cuando baja la temperatura, adquiere un
ambiente nada comparable con el de las dos del medio día.
Ayer domingo fui, en excursión programada, hasta la
isla Barù, a Playa Blanca. Inicio de las Islas del Rosario, a las que no fui
por haber estado ya antes con mi amigo Pedrete. Bueno, pues en esta playa de
arenas blancas y aguas transparentes, además de alquilar sillas, sombrillas y
tumbonas, también alquilan, y están puestas a la orilla del mar, ¡camas! De
verdad, de matrimonio. Tampoco pregunté por el valor del alquiler. Comí una
mojarra fantástica y por primera vez en este año me bañé en el mar. Un ratico
solo.
El viernes, por la mañana, llevé un poco de ropa a
lavar a una lavandería. Como de excursión volví el sábado a las 6 y media, la lavandería
estaba cerrada y el domingo no abría. Gracias a mi desesperación, y a que aquí
todos se conocen, conseguí que abrieran para mí el domingo a las 7 de la
mañana, cosa que hicieron.
Esto es como muy amigable, estoy en el hostel La Española,
bajo abajo al bar Mama llena y nada más sentarme ya me traen una cerveza Club
Colombia.
Lo demás, que la ciudad amurallada fue fundada en 1533
por Pedro Heredia, y que en 1952 sufrió un incendio que destruyó gran parte de
la ciudad y a partir de entonces solo se ha permitido el ladrillo, la piedra y
la teja en su construcción. También, que aquí está el famoso castillo de San
Felipe de Barajas defendido de la invasión inglesa por Blas de Lezo. Creo que
esta fue la única vez que le hemos ganado a Inglaterra a parte del mundial de fútbol
con el gol de Zarra.
Bueno, Cartagena es mucho Cartagena, me voy a por mi
cerveza que ya es de noche y mañana parto para Aracataca. Si no os dice nada
este nombre os digo el del realismo mágico: Macondo.
Ya os contaré desde allí. Agur. Daniel
Aracataca
Crónica
del 6 de agosto de 2019
El realismo mágico y la mágica realidad. Yo también
salí de Cartagena el día 5, pasé por Barranquilla y atravesé Ciénaga, como los
fundadores de Macondo. Vi también el mar, al lado de Ciénaga (un lugar sucio y
tenebroso), y llegué hasta el río Aracataca, donde encontraron aquella armadura
los primero fundadores de Macondo.
Me costó llegar, no es fácil, porque, pasando a la
mágica realidad, el bus no entra en el pueblo, te deja en la ruta, en un cruce,
y te tienes que buscar la vida. Allí estaba un señor con una moto esperando
viajeros. Concertamos un precio barato hasta el pueblo, pero, como soy un
cagaprisas, me enteré que las oficinas de los buses estaban un poco más
adelante, según me dijo el chófer en Fundación. Hablé con el motero y quedamos
en que me llevaría hasta Fundación. Yo, in mi ingenuidad, creía que estábamos
al lado, pero...., ya ya, empezamos a andar kilómetros y no llegábamos. Al cabo
de un buen rato llegamos y compré pasaje para Mompos para el día siguiente. El
motero acomodó la mochila en el manillar y comenzamos el regreso al cruce para
ir al pueblo. Hasta ahora todo sol y mágico. Ahora viene la realidad. Empezó a llover
y llover y llover, lo que aquí llaman un aguacero. Los dos, en la moto, íbamos
calados hasta los huesos, menos la cabeza, por el casco. Cuando nos cruzábamos
con un camión nos echaba tal cantidad de agua que pensaba que íbamos a perder
el equilibrio. De esta guisa entramos en el pueblo, sin parar de llover, y
llegamos a la pensión Macondo. Le pagué los trayectos demás y quedamos
para que me recogiera al día siguiente.
La mágica realidad, seguía. La pensión parece que
estaba bien, pero es que..., no había luz. El aguacero, que todavía seguía
había cortado la luz a todo el pueblo. Me enseñó una habitación un poco triste
y le pedí que me enseñara otra. Esta estaba muy bien, me dijo. Tenía ventilador,
aire acondicionado, TV y baño dentro. Pero como no había luz; ni Tv, ni aire,
ni ventilador, ni podía entrar a la ducha porque no se veía. Luego comprobé que
tampoco funcionaba el caño y que tenías que echarte el agua con una vasija, de
la que había en un tonel. Le dije al tipo que como no había luz ni funcionaba
nada me rebajara el precio. Él me dijo que no fuera pesimista, que la luz
volvería. ¿Cuándo?, le pregunté. Su respuesta fue de realismo mágico; cuando se
sequen los cables. Genial
Fui a pasear por el pueblo, pero estaba todo a oscuras
menos los que tenían planta eléctrica propia. Llevaba el móvil para que
funcionara la linterna, pero lo tenía ya descargado de batería, pero... no lo
podía cargar porque no había corriente eléctrica.
Mágica realidad, en una tienda, que tenía planta
eléctrica, me dejaron cargarlo un rato. En unos grandes y potentes almacenes,
con luz propia, había cajeros automáticos que funcionaban y pude sacar dinero.
Vueltas y más vueltas por el pueblo tratando de
encontrar un restaurante y nada. Tenía yo más hambre que Dios talento. Finalmente,
parece que los cables se secaron y vino la luz. Comí en un restaurante de
asados, de pena. Un asado más duro que el ojo casquete (personaje peculiar sangüesino,
tuerto), pero ya había luz. Seguí pateando el pueblo y me encantó. Tal y como
puedes imaginar Macondo con su calle principal, sus puestitos de venta, la
plaza, el parque, el puente de los varados, en fin todo lo que podías imaginar
leyendo 100 años de Soledad.
Volví a mi pensión y le pagué al dueño, ahora, como ya
había luz, el mismo había encendido el a.c. de mi "pieza". La cama
era grande y las sábanas bonitas. El patio una maravilla. Dormí muy bien y, por
la mañana, vino la dueña y me trajo café a la habitación. Comenzaba el realismo
mágico. Me sentía muy bien.
Fui a ver la casa del Telegrafista y luego la casa
natal de García Márquez. Me parecía un sueño y soñaba viendo todos esos
escenarios. Después volvió la mágica realidad. Vi en una de esas tiendecitas un
suéter color vino muy bonito, talla L. Genial, me quedaba casi bien o en estos
momentos bien, pero llega el invierno, las cervezas, las comidas, y la tripa
aflora, no lo pude comprar.
Vi los raíles del tren que, fuera de su novela, solo
funcionaron una vez, cuando García Márquez regresó una vez a Aracataca, pero es
igual. Todo este pueblo tiene algo de mágico. A mí me ha fascinado.
Vamos a ver si esta magia tiene efecto en mi próximo
trayecto porque voy a Mompos, llego a las 10 y media, que es muy de noche y no
tengo hospedaje, pero, estando aquí, todo el mundo real se vuelve mágico y...,
encontraré. Hoy el día salió soleado y creo que hasta se secará toda la ropa
que llevaba puesta y la de la mochila. Ya veis, la dualidad, mágico y
real. Agur. Daniel
Mompox-Medellín
Crónica
del 10 de agosto de 2019
Se empieza a cerrar el círculo. Hoy día 9, y tras un
viaje de 16 horas en bus desde Mompox, he llegado a Medellín. Estoy en el
mismo local de ordenadores donde olvidé el móvil. Me hospedo en el mismo hotel:
La Bella Villa y he vuelto a sacar fotos en el Parque Berrío a las estatuas de Botero. Mañana
regreso a Panamá y el 15 a
Pamplona. Pero aún queda.
El martes día 6, a las dos y media de la tarde en punto,
apareció el motero del día anterior. Esta vez, no hubo confusión y en 20 minutos
me llevó al cruce de Fundación desde donde debía coger el bus hasta Mompox, mi
penúltimo destino. Empezaron a caer unas gotas y yo ya estaba maldiciendo,
por la experiencia del día anterior. El motero también las sintió y le dio todo
el "gas”
que pudo a la moto. Llegamos al cruce sin mojarnos. Tuve que esperar más de una hora al bus porque venía desde Barranquilla y llega al cruce cuando llega. Yo ya veía que iba a llegar muy tarde al pueblo y no tenía reservado hostal. Me armé de paciencia y de valor y lo que para todos es muy fácil, para mí fue un milagro; reservé el hostal Doña Mevi, por internet. Le voy a pedir al dire que, para el curso que viene, me nombre responsable de nuevas tecnologías, - je, je,je-. Fue un acierto, porque cuando llegué, entre el atontamiento del viaje, que también se ponía a llover y que era de noche ciega, me hubiera vuelto loco. En otra moto, al Doña Mebi, donde me estaban esperando. Muy buen hostal por cierto. En el camino ocurrió un pequeño percance que pudo cambiar todo, según me di de cuenta después. Por primera vez, paró la policía al bus donde yo iba. Nos pidieron uno por uno la documentación y no hubo problemas. Yo vi por la ventanilla que el otro policía abría el portón de equipajes y con unos guantes de látex revisaba solo… ¡mi mochila! Casi pido estar presente en la revisión, pero no lo hice.
que pudo a la moto. Llegamos al cruce sin mojarnos. Tuve que esperar más de una hora al bus porque venía desde Barranquilla y llega al cruce cuando llega. Yo ya veía que iba a llegar muy tarde al pueblo y no tenía reservado hostal. Me armé de paciencia y de valor y lo que para todos es muy fácil, para mí fue un milagro; reservé el hostal Doña Mevi, por internet. Le voy a pedir al dire que, para el curso que viene, me nombre responsable de nuevas tecnologías, - je, je,je-. Fue un acierto, porque cuando llegué, entre el atontamiento del viaje, que también se ponía a llover y que era de noche ciega, me hubiera vuelto loco. En otra moto, al Doña Mebi, donde me estaban esperando. Muy buen hostal por cierto. En el camino ocurrió un pequeño percance que pudo cambiar todo, según me di de cuenta después. Por primera vez, paró la policía al bus donde yo iba. Nos pidieron uno por uno la documentación y no hubo problemas. Yo vi por la ventanilla que el otro policía abría el portón de equipajes y con unos guantes de látex revisaba solo… ¡mi mochila! Casi pido estar presente en la revisión, pero no lo hice.
Cuando en casa empecé a sacar todos los enseres, de
repente, me encuentro con un polvo blanco, que impregnaba una bolsa. Yo, todo
mosqueado, abro, miro y... eran polvos talco que había comprado para echarle a
las playeras que se me habían mojado y desprendían mal olor. Por cierto,
funcionó. Anda que si el poli, después de meter las manos, saca polvo blanco
pegados al guante, que podía haber podido pasar tranquilamente… Creo que en
Colombia y polvo blanco...aún estoy dando explicaciones, ¿o no?.
Pasado el susto, que en realidad no fue porque no me
enteré, limpié la mochila y tiré el polvo talco a la basura, no fuera a pasar
que, en el aeropuerto, los perros se equivocaran de polvo...
En Monpox, muy bien. Es una joya colonial, patrimonio
mundial por la UNESCO en 1995. Fundada en 1540 por Alonso de Heredia, hermano
de Pedro de Heredia fundador de Cartagena, en el ramal oriental del río
Magdalena, que en esta parte tiene dos brazos (brazo Mompox y brazo Loba). Como todo el
tráfico mercante, desde Cartagena y Barranquilla hacia el interior, discurría por
este río y por este brazo, Mompox floreció, se enriqueció y se llenó de casas
señoriales, pero... a finales del siglo XIX el transporte por el río Magdalena
fue desviado a su otro ramal, el brazo Loba, lo que dio al traste con la
prosperidad de Mompox .Quedó aislada, viviendo del recuerdo de tiempos pasados
y poco ha cambiado desde entonces. Mantiene el aire colonial y las casetas tiendas
junto al malecón, donde se cargaban y descargaban mercancías. Es un pueblo
precioso, pero..., anclado en el tiempo. Aquí lo único que se puede hacer es
pasear, ver las tiendas de plata con la famosa filigrana monpoxiana y..., comer
bien. Esto es lo que hice, pero hay un pero. Por la mañana hace mucho calor,
entonces hay que hacer lo mínimo, y por la tarde salía a pasear y fotografiar a
eso de las 5 de la tarde, pero sobre las 6 empieza a caer un chaparrón que te
tienes que refugiar en donde puedas. Yo lo hice en una heladería. Estábamos
como 9 personas que no nos conocíamos de nada en un espacio minúsculo,
pero...vendían cervezas. Casi nos dio pena que escampara, pues algunas cajas
cayeron, y al final todos éramos amigos.
El malecón, acompañando al río Magdalena y con
esas casas que fueron señoriales de duques o marquesas de la corona española, es
una chulada, y si llueve ya sé a dónde hay que correr.
El otro lugar que hay que visitar aunque suene macabro
es el cementerio, que está en medio del pueblo y es lugar de referencia para
orientarte. La estación de buses está detrás del cementerio, el hostal Doña
Mebi, al este del cementerio, 7 cuadras, etc.
En el arco de entrada a este "santo" lugar,
un arco blanco con una "leyenda " en su frontal que dice: AQUÍ
CONFINE LA VIDA CON LA ETERNIDAD.
He visitado algunos cementerios ilustres, como el de
Luarca donde está la tumba de Severo Ochoa y puedes escuchar ,mirando al mar,
la leyenda sobre su relación con Carmen Sevilla (me parece que es con esta mujer).
También me gustó ver el Cementerio General de Santiago de Chile y visitar la
tumba de Allende, monumental como ex-presidente del país, y la modesta de
Víctor Jara. Un nicho sin más entre muchos nichos, pero escrito con poesías que
deja la gente. Me falta ver el de Colliure y la tumba de Antonio Machado, pero
eso ser para otro viaje.
Por la mañana, fui a arreglar las sandalias y, como
era para mucho rato, el zapatero me dejó las suyas y yo a él las mías y me fui
a hacer gestiones. Cuando volví a la plaza Bolívar el zapatero ya no estaba.
Pregunté y me dijeron que se había ido a almorzar, pero que no vendría porque
eran fiestas y que hasta el día siguiente nada. Por si acaso le dije a una
vendedora que me iba a comer al restaurante Chemi, y me fui.
Cuando estaba a punto de entrar para a mi lado un tipo
en bici con una camisa amarilla, del equipo de fútbol, y yo nada, no me sonaba
la cara y así se lo hice saber con una muesca. Él lanzó una patada al aire y me
hizo ver que llevaba mis sandalias, era el zapatero. Intercambiamos las
herramientas de los pies, le pagué lo convenido y me fui a comer.
Así va siendo esta Sudamérica que se me acaba. Mañana,
agur Colombia, y hoy Agur a vosotros. Daniel
Fin
de viaje
Crónica
del 14 de agosto de 2019
Hoy ya es día 14, y a las horas que leáis esto, ya
habré emprendido el vuelo. El día 9 había llegado a Medellín y me quedé en mi
"barrio". No hice nada especial. Como Colombia es barato, compras
compulsivas para acabar los pesos colombianos, que luego no llevan a nada: una
afeitadora, un cargador de móvil, un DVD con las canciones de moda colombianas,
en fin, comprar por comprar.
La suerte de vivir donde vivo, en Medellín, es que de
allí mismo salen los buses para el aeropuerto y no tengo que ir cargando con la
mochila de un lado para otro.
Me despedí con pena de todos, porque cuando estás
varios días en un sitio le coges cariño, y además este sitio está muy bien,
aunque algunos no se atreverían a venir por las características del
barrio.
A las 10 en punto de la noche, las tres
señoritas que viven en este hotel piden un taxi para ir al Poblado, donde se
encuentra la milla de oro, para hacer
sus negocios. Estuve hablando con una de ellas, Luz, pero no hice foto para
"presumir". Su vida es otra y su mundo especial. Yo me fui al bar los
billares de la Macarena, al lado del hotel, donde hay chicas meseras. No son
camareras del local, sino que se sientan
con alguno o algunos, para que consuman. Yo estaba solo, pero no vino ninguna.
Esto me recuerda a los años en que iba con mi amigo Antxon a Lloret de Mar, con
los alumnos en viaje de estudios, y allí, en la calle, estaban estos/as
"cachas" dando invitaciones para las discotecas y a nosotros dos
nunca nos dieron ni una. No debíamos dar la "talla".
El caso es que, a la tarde, con tres horas de
anticipación, como manda el reglamento para vuelos internacionales, me presenté
en el aeropuerto. La "aeromoza", de Avianca, se portó genial. Me dio
a elegir sitio en el avión para el trayecto Medellín-Bogotá y también para el Bogotá-Panamá. Todo esto
muy bien, pero me dijo a ver si tenía continuación de viaje de Panamá. ¡Qué
raro!, pensé yo, pero luego, recapacitando un poco, me di cuenta de que si en
Panamá no te dejaban entrar, luego, la misma compañía te tenía que traer de
vuelta.
En el control de seguridad, nada de nada. Muy bien.
Tenía la experiencia de otros viajes en que en el control policial, me habían
metido en un cuarto de narcotráficos y me habían mirado por rayos. Esta vez nada.
Además, si el vuelo lo tenía programado par las 6 y media
de la tarde, la "chica" me lo adelantó a las 5, para que tuviera más
tiempo en Bogotá para hacer las conexiones. En Bogotá, teniendo tiempo por
delante, ya estaba más tranquilo y, además, así como a la ida tuve tres
revisiones exhaustivas por parte de la policía, ahora nada. Debe de ser más
fácil salir del país que entrar. En la entrada a Panamá no tuve problemas y, a
eso de las 10 y media de la noche, agarré un taxi, (previo regateo), y para casa de mi suegra.
Aguanté el domingo día 11, en Panamá capital. Fui a
comer a la Malagueña, pero como no había menú del día me fui al de al lado a La Pinta, que era de unos asturianos de Cangas
de Narcea, no muy agradables. Luego, un paseo por el caco viejo y dos mojitos
aprovechando la oferta del 2 x 1. No se me hizo tarde, pero, como era domingo,
muchos puestos de la Central estaban cerrados y andaba muy poca gente. La
psicosis de los asaltos me entró un poco en el cuerpo, pero..., con paso mas
rápido de lo habitual, llegué hasta la boca del Metro, que es un remanso de paz,
y para casa.
El lunes, no me iba a quedar en casa. Cogí un busito y
me vine para El Valle de Antón, donde está mi amigo José Carlos. Este
pueblo está a 100Km de Panamá capital y, por su clima, pues está a una altitud
considerable, atrae a todos los panameños "ricos", los fines de
semana. Aquí, presidentes y expresidentes han construido mansiones, con río que
pasa por sus terrenos, piscinas y grandes extensiones. Mi amigo José Carlos
vive en una casa alquilada, que la utiliza como "casa rural", que es
de la hermana del ex-presidente Torrijos. Con un socio ha alquilado otra casa y
habilitado 5 habitaciones para alquilar. Cobra 50 dólares por habitación,
incluido el desayuno que él mismo prepara. Está muy bien, y el sitio es
magnífico, pero por ahora solamente se completan los fines de semana. Las tiene
en Brooklin, y una se llama " Donde Jose " y la otra " Donde Ángel".
Bueno, pues aquí estuve departiendo una tarde con José y con Lis, disfrutando
de su amistad y también de su hospedaje. No hice nada especial, hablar y
hablar.
El día 13 me volví del Valle. El conductor del busito
me ponía de los nervios. Yo iba adelante, donde el copiloto, y él iba manejando
y todo el rato hablando por el móvil. No solo hablando, también mandando
mensajes y demás. Otra costumbre panameña es que cuando tienen una doble
vía, siempre conducen por la de la izquierda, aunque vayan solos. En fin, no vi
apenas accidentes de tráfico. Cuando suben los vendedores ambulantes, siempre
empiezan o se despiden con la frase: " Dios me los Bendiga”. Y no ha
dado más de sí el viaje. Ahora está cayendo un aguacero de mucho cuidado.
Espero no tener problemas para ir al aeropuerto.
Nada más, en cualquier vuelta de la esquina nos vemos
reales... Agur. Daniel