miércoles, 24 de julio de 2019

PANAMÁ 2019

VIAJE A PANAMÁ Y COLOMBIA 2019

Crónica del 4 de julio de 2019

Buenas a todos. Comenzaremos las crónicas de este año para que el verano se os haga más llevadero.

Después de un viaje monótono de 10 horas de vuelo desde Madrid, llegamos a Panamá.
El día había comenzado a las 4 y media de la mañana, que es cuando Enara llegó a casa y los demás nos levantamos. Taxi al aeropuerto y para las 6:40 emprendíamos rumbo a Madrid. Allí un poco de jaleo con la T4 y la Ts, resuelto sin mayores problemas. Como gente "potentada" que somos, fuimos al salón VIP de AENA. Teníamos tarjeta para dos entradas, pero como éramos tres tuvimos que pagar una visita, 35 euros. Una pasada para lo que dan. Con deciros que el bufé libre para el desayuno constaba de mortadela y queso, está dicho todo. Pero como habíamos pagado, pues tomamos eso, café, vino Príncipe de Viana, cerveza y ensalada de frutas. Aún así, no compensa.
A las 12 h. local salíamos de Madrid. El viaje fue monótono, igual es mejor. No ocurrió nada de nada, ni tan siquiera turbulencias. Lo que me fastidió fue que fui todo el viaje con las piernas encogidas o semiencogidas porque el de adelante había echado hacia atrás su respaldo y me come esos pocos centímetros que en un avión entran dentro de mi espacio vital. Esto, aparte de incómodo, me hace ir tenso e incómodo. Ves que ahora, la unidad de medida del Sistema Métrico Decimal, ya no es el metro, sino el centímetro. Que si la canción 18 centímetros cerca, que si treintaytantos centímetros del Nacho Vidal, que si de 25 cm, etc.
Yo de pequeño la única medida que sabía en centímetros era la de los cangrejos navarros, 8cm. para ser "reglamentarios", Ahora creo que con esa medida no se va a ninguna parte.
La llegada a Panamá coincidió con la despedida de los mandatarios extranjeros que habían venido a la toma de posesión del nuevo presidente de Panamá, Laurentino Cortizo. Lo cual hizo que cortaran la carretera de acceso y salida del aeropuerto y... estuviéramos media hora sin poder salir del coche hasta que nos abrieron.
Llegada a casa de mi suegra, sin problemas. Se veía un Panamá más limpio y con los grandes pilares para la continuación de la línea de metro, que en su gran mayoría es aéreo. Con esto de la toma de posesión, aquí era día "feriado", y había poco tráfico y la mayoría de las tiendas cerradas. Pese a todo pude comprar una tarjeta de teléfono para funcionar por Panamá, por 6$. Siendo mi nuevo número: 65733138, con el internacional y el prefijo de Panamá por delante. Por si os ocurre algo, como decía mi madre.
El caso es que estaba tan reventado que para las 8 ya me había ido a la cama. Hoy haremos el primer contacto con la ciudad y ya os contaré. Agur. Daniel 


Panamá

Crónica del 5 de julio de 2019

Ya llevo 4 días en Panamá capital y ya va siendo hora de salir. Ayer por la tarde compré el boleto de bus para ir a Changuinola. No he estado nunca y no sé lo qué me puedo encontrar. Como no tengo nada que hacer, voy allí, trato de encontrar al sangüesino Pako Elizalde, y si la cosa se da bien, me quedo algún día, si no prosigo viaje hacia Cahuita en Costa Rica.
Estos días han sido de comer con amigos y beber cervezas Balboa. El miércoles, día 3, quedé con José Carlos, el onubense que vive en El Valle de Antón, pero que se iba para Sevilla el día 4 y, como vino a dormir a la capital, nos fuimos a cenar al Punta Arenas, que es un restaurante peruano de clase alta. Aproveché para cenar ceviche y tomar pisco sawer.
Paseando con él por este barrio, (El Cangrejo), me pasó una cosa curiosa y es que casualmente me topé con un restaurante que se llama (casa Anjel, con j) y..., me sonaba que yo había estado cenando allí cuando conocí a Mari Cruz en el 95. Pregunté por el jefe y..., efectivamente, mi memoria no me traicionaba. 
Él es de Valladolid, pero su esposa es de Santacara y tienen un apartamento en Barañáin. Estuvimos un rato de charla y me invitó a que me pasara otro día para seguir hablando. Casualidades de la vida.
El día 2, después de investigar los vuelos hacía Colombia, fui a las oficinas de Iberia en la avenida Balboa. No sabía yo muy bien dónde estaban y agarré un taxi. Le dije a dónde quería ir. El me pidió 3$ y yo le regateé dejándolo en 2. 
La realidad fue que el último regate me lo hizo él, pues me dejó bastante alejado de las oficinas y tuve que caminar unos cuantos metros bajo la lluvia.
La vida no es barata. La cerveza Balboa vale 1 dólar en los tugurios, 2,5 dólares en los restaurantes y 5 dólares en los restaurantes del casco viejo.
En los grandes almacenes de Albrook, donde se centraliza  los autobuses que parten de Panamá (hasta el que va hasta Méjico),  hay  muchos puestos de belleza. En uno de ellos, tanto insistieron las muchachas que me hicieron una demostración en mi mejilla izquierda, con un producto que quitaba las arrugas, o los globos de debajo del ojo y todo eso. La verdad es que funcionaba y ahora voy con un pedazo de cara joven y otra vieja.
Ayer fui a comer y dar una vuelta por el casco antiguo con Xenia, amiga de Mari Cruz y proveniente del Darién. La mujer ejemplo de supervivencia y lucha por la vida. 
Comimos en el casco viejo y la factura fueron, 23,53 dólares. Cuando fui a pagar me dijo que prefería en efectivo. Miré y llevaba yo, 23,50 dólares. Me faltaban 3 céntimos de dólar. Yo pensé que lo aceptaría y ya está. Pues no, me dijo que como no llegaba tenía que pagar con tarjeta. Así lo hice y, cuando me iba a dar el ticket, me preguntó, a ver cuánta propina voluntaria iba a dejar. Supongo que es una pregunta obligatoria en todos los restaurantes, pero después de lo que me había pasado me pareció, cuanto menos, sarcástica la pregunta. Está claro que le dije que no iba a dejar propina y me fui.
Esto está cambiando mucho. Ya no hay mujeres con rulos por las calles. Sí que están todo el día comiendo y que hay una inmensa mayoría de mujeres gordas, que lucen sus "chichas" con ropas apretadas. 
En general a la gente no le gusta caminar mucho y cuando preguntas por una dirección, enseguida te dicen que cojas un taxi aunque el punto que tú quieres se encuentre a 200 metros.
Ayer me topé con una pareja de argentinos que lleva más de un año viajando de mochileros por Centroamérica y me contaron que les había ido todo bien. Que el Salvador era una maravilla de gente y Nicaragua el no va más. Ya veis que informaciones mas distorsionadas nos llega a nuestro país, por estos medios de comunicación tan loables que tenemos,
Bueno, voy a dejaros que tengo que ir a comprarme unas gafas y a enterarme de algo sobre Changunola. Agur. Daniel



Bocas del Toro
Crónica del 8 de julio de 2019

Aquí estoy "varao" en el archipiélago caribeño de Bocas del Toro, lugar al que llegó Colón en su cuarto y último viaje, el 6 de octubre de 1.502. Bocas del Toro es todo: la provincia, que incluye tanto el archipiélago como la parte continental, el archipiélago, formado por unas cuantas islas y el lugar donde estoy ahora, que es la población de Bocas del Toro, en la isla Colón. Todo recuerda a la vista del almirante. Una isla se llama Colón, una población Almirante, otra isla Bastimentos y así sucesivamente. No pensaba venir aquí, pero las circunstancias o la vagancia me hizo llegar a este lugar.
El día 6 de julio salí en bus de Panamá con destino a Changuinola. Es increíble lo de los buses en todo centro América. Para demostrar la calidad del servicio, y que el bus es bueno, ponen el aire acondicionado a tope. Todos vamos como los exiliados de la guerra española que cruzaban la frontera: mantas, jerseys, gorros, pantalones largos... y eso que estamos en el caribe. Da pena vernos bajar del bus con todos estos ropajes. Como ya me lo sabía, cuando aterricé del avión, la compañía IBERIA fue tan amable de " prestarme " la manta por tiempo indefinido, me está viniendo genial y la seguiré utilizando también en Colombia.
El viaje nocturno a pesar del frío fue bien, aunque la de adelante echara el respaldo hacia atrás. Venía también en el bus una holandesa que llevaba viajando un año. ¡Y yo qué pensaba que viajaba!
La primera parada del bus fue en Santiago de Veraguas, lugar donde siempre he parado, fuera en el bus que fuera. Aquí, la autoridad la tiene el ayudante del chófer que con voz de general nos dijo: " Aquí 25 minutos”. Ni media hora, ni nada, como si fuera el AVE. Luego fueron 50 o más...
A las 6 horas y 45 minutos de la madrugada llegaba a Changuinola. Fui a la parroquia nuestra señora de no sé qué de Hungría y...estaba cerrada. Poco después apareció Pako Elizalde. El tiempo hace mella en todos, y tenía ligera dificultades por las rodillas para caminar, y estaba algo más gordo que cuando lo vi en Sangüesa. El tiempo pasa para todos. Estuvimos un bonito rato charlando en su despacho y viendo las dificultades económicas que tienen hasta..., para comer. Luego visto que Changuinola no me ofrecía nada interesante, decidí irme.
 Pako me acompañó hasta la parada de buses, en medio de una población totalmente indígena, pero que tiene 3 ó 4 grandes supermercados...chinos, por supuesto. Mi primera intención era ir a Costa Rica, pero..., me entró pereza. Empecé a pensar en el paso de fronteras, el cambio de moneda, la tarjeta telefónica, lo caro que me habían dicho que se había convertido Costa Rica y, en un alarde de cobardía, agarré un busito y me vine a Bocas del Toro, desandando parte de los kilómetros hechos en el bus.
El busito iba medio lleno o medio vacío de gente local. Todo eran risas. El chófer se partía el culo y yo..., no me enteraba de nada. Hablaban un idioma nuevo, mezcla de inglés, español, garinfeiro. No cogía ni una mientras ellos lloraban de risa.
En Almirante me bajé, cogí una lancha y me dirigí a la isla Colón, concretamente a Bocas del Toro. Sorpresa, el hotel en el que había estado hospedado otras veces, ya no existía. La vida no es una puerta que sales y entras inmediatamente. En estos años ha habido cambios y yo pensaba que todo estaba igual. Fui al Vista al Mar. Un buen hotel, con terracita privada con vistas al mar. Yo no podía pagar lo que me pedían, claro está, pero..., había una habitación a la que se le había estropeado el aire acondicionado. Esa me la ofertaron por 25 dólares, pero con... abanico (ventilador). Acepté, pero no me habían puesto el ventilador y protesté. Lo que ocurría es que no tenían y habían ido a comprar uno nuevo. Al cabo de media hora ya estaba instalado con mi TV, terracita y... abanico.
No he hecho nada. Estar tumbado, ver los partidos del domingo, los encierros de San Fermín y leer el libro Latitud Cero.
Hoy día 8, me levanté dudando. Como muy bien comentaba con mi buen amigo Javier Casajús (Pedrete), " Antes era indeciso, ahora..., no lo sé”.  Decido quedarme un día más en Bocas. Alquilaré una bici y daré una vuelta por la isla. Aquí todos andan en bici, pero esto es auténtico Caribe y van a unas velocidades...., que no sé cómo no se caen del equilibrio que tienen que hacer para ir tan despacio. También he visto bicis con motor, pero muy caras de alquiler.
La mayoría de la población es negra antillana, pero todos los negocios están en manos de los blancos: hoteles, alquileres de botes, guías de aventuras, tablas de surf... Solamente pequeños supermercados están ocupados por..., chinos. Como allá.
Bueno, os dejo, que si no, no agarraré la bici. Una vuelta, comer algo, siesta y esperar a las cuatro para Hapy Houers y tomar caipiriña. Mañana me voy para Boquete. Agur. Daniel




BOQUETE
Crónica del 10 de julio de 2019

Hay veces que se acierta y otras que no. Estoy en Boquete, porque me lo había planteado así. Creo que no acerté.
El lunes 8 de julio, me hallaba tranquilamente en Bocas del Toro. Demasiado tranquilo quizás, pero...., alquilé una bici y fue un descubrimiento. Por cabezón, no alquilé la bici al lado de casa, pues ponía que se alquilaban en 5 dólares y cuando cogí una de montaña me dijo que esas eran a 10. Por orgullo, recogí los 5 dólares y me fui caminando hasta el centro del pueblo donde alquilé una bici totalmente morada por 5 dólares, pero... lo explico. No tiene frenos, es de piñón fijo, esa expresión que nos han dicho algunas veces y hemos escuchado más. Si quieres frenar tienes que dejar de darle a los pedales e intentar darle a contramarcha o hacia atrás al sentido del giro. No puedes muchos porque solo gira un cuarto, pero bueno, al final y echando el pie, pues frena.
Cogí un camino paralelo al mar y pasé por unas playas preciosas. Estaba disfrutando un montón, con el sol y las vistas. Fui hasta una playa que estaba a unos 10 Km. de Bocas y aún proseguí más hasta un saliente en el mar, donde las olas batían con mucha fuerza. Estaba tan contento que hasta le ayudé a un extranjero a poner la cadena que se le había salido de su bici y que llevaba un rato intentando y..., no tenía ni puñetera idea. Y yo, que cuando tengo que poner un clavo en casa llamo a Juanjo, le metí la cadena en su sitio. Iba yo pletórico. Luego vuelta al pueblo tranquilamente y disfrutando de la brisa.
Siesta morrocotuda y luego a comer donde siempre y..., una caipiriña en una  terracita de marcha que lleva una argentina, pero..., la cosa se ha puesto de tal manera aquí, que ya no ponen pajita o carrizo en los combinados por el rollo de los plásticos. No es lo mismo ni mucho menos tomártela con pajita y recrearte, que esperar a que los hielos te peguen en los labios y te tengas que tragar alguno. No sabe igual.
Hice un poco de tiempo, por el pueblo paseando y viendo pasajes y posibilidades que hay de moverte desde aquí, que...., me entró sed. Volví a la terracita y pedí una Balboa (cerveza), y la dueña o camarero me dijo si pagaba o mejor me abría cuenta. Toma ya. Bueno, pedí unos tacos mejicanos que estaban de oferta y otra Balboa (eran las 6 de la tarde y funcionaba el 2 x 1). Con el primer taco salí exultante, pues fui capaz de envolverlo en la tortita y comerlo sin que se deslizara ni gota de líquido. Totalmente eufórico, asalté el segundo, fui a hacer la misma operación y..., el líquido me chorreaba desde el meñique hasta el codo. Más vale que para la cerveza no tenía problemas. Me fui para casa. No podía dormir bien porque dudaba en qué hacer al día siguiente. Ya conocía Bocas, lo del alquiler de bicis, la posibilidad de ir a Cahuita en excursión desde aquí..., un dilema. 
Al día siguiente, día 9, me fui de Bocas del Toro. Pueblo que debe su nombre a un valiente o cacique guerrero de esta zona  que se llamaba Boca Toro, o la de Colón, que en la isla de Bastimentos hay una roca con forma de toro echado y una cascada surge de su boca hacia las otras islas. Cada cual que se quede con la versión que quiera.
El día 9, lancha a Almirante, taxi hasta la terminal de microbuses y con uno de estos hasta David, para desde aquí, agarrar un busito y en media hora un poco más aparecer en Boquete o Bajo Boquete a 35 Km. de David.
Un desastre, lluvia y frío, yo que venía del Caribe. Cogí una pensión que estaba bastante bien y..., salí a la calle para comprarme un paraguas. Al día siguiente salió el sol.
Boquete es un distrito precioso de unos 20.000 habitantes. La capital, Bajo Boquete o Boquete nada más, tiene unos 5.000 habitantes y fue fundada o declarada capital en 1911. Situada sobre unos 1.100 m de altitud, goza de un clima privilegiado (menos el día que llegué yo), con una media de unos 20 grados de temperatura. 
Yo la recordaba con mucho agrado y es que además me gusta mucho. Mi suegra dice que venda el piso de Pamplona y me compre una finca aquí. 
La realidad es que esto está lleno de mansiones y grandes haciendas. Muchos americanos compran aquí sus mansiones y se quedan a vivir en su jubilación. Hay momentos que en Boquete hay más extranjeros que panameños. 
La mayoría de cultivos son cafetales. Hoy por la mañana me he ido a dar una vuelta por estas tierras volcánicas  y he visto los cafetales, pero también he visto los lugares donde viven los indios guaimjys que son los que trabajan toda la producción del café. Mucho todo terrenos y grandes cochazos..., pero para los dueños. Vi como rellenaban bolsas negras pequeñas de plástico, para llenarlas de tierra volcánica y ser el inicio de semilleros del café. Las mujeres rellenaban las bolsas y los hombres trazaban con cuerdas el rectángulo donde había que colocarlas. También vi las casa donde vivían, que no eran precisamente mansiones.
Quería ver Quetzales, pero no ha podido ser. Con mi malogrado amigo Ángel Huarte, recorrimos los dos el  Sendero de Los Quetzales, que va desde Volcán hasta Boquete, y tampoco vimos.
Al poco tiempo de hacer, el médico, Ángel Huarte, y yo, ese camino, dos chicas holandesas, que también entraron sin guía, se perdieron y aparecieron muertas al cabo del tiempo. Dicen que vinieron perros desde Holanda para encontrarlas. No tenían signos de violencia, se despistaron se perdieron y se encaminaron cara a la sierra de Talamanca en vez de seguir el sendero. Desde entonces creo que hay que ir con guía. 
No he hecho nada más. Bueno sí, comprarme un pantalón corto y un niki porque iba un poquito guarro ya.
Y esto ha sido todo aquí en Boquete. Daré una vuelta más por el pueblo, iré a cenar al Central Park (creo que vale 5 dólares), y si tengo ganas me subiré hasta un restaurante peruano de alto rango a tomar un pisco sawer, pero..., vale 8 dólares, ya veré.
Mañana parto para la capital, donde estaré hasta el 14 por la tarde. Agur. Daniel





BOQUETE-PANAMÁ
Crónica del 14 de julio de 2019

El día 11, jueves, me volvía de Boquete a Panamá y la monotonía se instalaba de nuevo en mi viaje.
El 10, estuve paseando por Boquete y…, porque la que llevaba ya no daba más de sí. También vi un restaurante peruano de buen nivel y… no pude resistirlo y  tomé un pisco sawer. Enfrente había una cervecería con todos los anuncios en inglés, la clientela así lo hacia constar, y el conjunto musical..., eran unos viejillos de la edad de mi abuelo, vestido uno con gafas oscuras y gorra, otro, el batería, con sombrero de paja muy yanqui, y aún quedaban el cantante y el de la armónica. Entre los cuatro unos 275 años y..., lo hacían muy bien. Esto da idea un poco de lo que es Boquete. Lugar precioso, con muchos restaurantes de diversas nacionalidades y mucho extranjero.
El día que me fui no llovía. El tiempo estaba bueno y..., creo que debía de haber estado tres días, pues en dos no se conoce mínimamente un lugar.
A las 10 salía el bus David- Panamá y..., el mundo ya es global. Ni rapidez y eficacia en las distancias cortas, ni nada. El bus era muy bueno y en el piso de arriba estábamos todos en un asiento de dos, teniendo el otro libre. Todo el mundo se pone los auriculares, el móvil, y así kilómetros y kilómetros. Se perdió el espíritu aventurero y tertuliano de antes en los buses. Tras 8 largas horas, llegamos a Panamá capital.
La capital tiene actualmente unos 800.000 habitantes, aunque los barrios periféricos suman unos 1.200.000, lo que haría una metrópoli de 2 millones. Se está creando una gran diferencia social. Está la Panamá de los rascacielos y la zona del Cangrejo, Punta Paitilla, casco Viejo, que quiere competir con Nueva York, y la otra, la del salario de 600 dólares, que está en estos momentos quejosa porque la libra de cebollas está a 1,31 dólar y se convierte casi en artículo de lujo 
Dije antes que el mundo cada vez es más global porque, en Boquete, el día que estaba venga llover, la gente se quejaba de que no aparecían taxis, cuando hay cantidad, y aquí en Panamá están en contra de la emigración, a la que achacan todos los desmanes que ocurren en la ciudad. Todo esto me lo conozco. Bueno, el caso es que por la noche me fui a cenar a un Pizza Hut. El precio de la pizza más pequeña, individual de 4 porciones, era de 5 dólares y me pareció bien. Cuando la terminé vino la camarera diciéndome a ver si le podía firmar la cuenta porque me habían hecho descuento. Yo firmé pensando que el descuento era por ser viernes o algo así, pero ella se me anticipó y me dijo: " gracias señor, es que a los JUBILADOS les hacemos descuento”. Toma ya, eso sin pedirme el pasaporte ni preguntarme nada. Y yo que me creía joven. Me reí, aunque también podía haber llorado.
Al día siguiente, el sábado, fui a comer con Amarilis a La Taberna Malagueña. Una comida típica panameña: gambas al ajillo en aceite y paella mixta, regada con unas cañas. 
Cuando fui a pagar, Amarilis me dijo que le pidiera el descuento de jubilado. Así lo hice, y cuando se lo pedí, el camarero no se lo creía y le tuve que mostrar el pasaporte. Parece que había rejuvenecido de un día para otro.
Hoy domingo nada especial, ver el final de los Sanfermines y prepararme para el viaje a Colombia, donde comenzará la segunda parte de este viaje. Agur. Hasta que me aloje en Medellín y pueda escribir. Daniel




MEDELLÍN
Crónica del 17 de julio de 2019

No cuento nada porque no hay muchas cosas que contar. El 14 domingo estaba en Panamá capital, preparado para venirme a Colombia.
Por la mañana el habitual ritual de desayunar mi café negro y hojaldras y bajar al centro comercial Los Andes. Aquí, siguiendo la tradición anual, fui a una peluquería y me rasuré la barba y me corté el pelo. Por eso, los que han visto las fotos, dicen que rejuvenecí. Pero ya esto de las peluquerías no es lo que era. Recuerdo en Granada, (Nicaragua), como fui a una peluquería a que me arreglara la barba y..., era de mujeres, pero la peluquera me dijo que ella sí me arreglaba la barba. Increíble, pasaba la mano por debajo de mi barbilla hasta la oreja y le daba a la cuchilla. Yo sin moverme ni un poco. Entre los olores que exhalan los productos de una peluquería y la cuchilla amenazante estaba yo en otro mundo. El que no haya visto la película " El marido de la peluquera ", que vaya y sabrá de qué hablo. 
Como el vuelo salía a las 03h 20m del lunes, pues para las 7 y media de la tarde ya me encaminé para el aeropuerto de Tocumen, en la capital. 
Primero el metro, a una hora razonable, luego en el distrito de San Miguelito se cambia de línea y agarras otro metro hasta Corredor Sur. Aquí llegué y ya era de noche, pero esto no es un distrito ni nada de eso, es una parada que te deja en la misma autopista. Aquí, como la situación era un poco peligrosilla, esperé a que pasara un taxi. Uno paró y comenzamos el habitual regateo. Él que 3 dólares, yo que 1,50. Me dijo que era imposible, que era de noche, y era otra tarifa diferente a la que me habían dicho. Subí yo a dos y al final lo apalabramos en 2,50. Hablando por el camino, me preguntó a ver qué hacía yo por Panamá y le conté un poco de mi relación con Panamá. Total, que cuando llegamos al aeropuerto le dí un billete de 5, y estaba yo buscando 50 cts. Cuando me dijo que no buscara, que me iba a cobrar 2, como así hizo. Elegante el tipo.
Para las 8 y media ya estaba en el aeropuerto y el avión no salía hasta pasadas las 3 de la madrugada. Me fui al bar y..., empecé a leer el Quijote con ganas. Ya voy por el capítulo XVIII.  Ala 1, ya pudimos embarcar las maletas y pasar el control policial. Yo iba con mi mochila de mano y después de pasar por el escáner, las policías que allí estaban controlando me hicieron abrirla, y una a la otra le comentó en voz alta: "mira, lleva libros, y uno es el Quijote", y se rieron. Debía de ser yo el único pasajero que en su mochilita lleva El Quijote.
No tuve problemas para salir de Panamá, pero no me pusieron sello de salida, no se qué pasará cuando vuelva a entrar. 
El vuelo hasta Bogota sin problemas, con una hora y media de duración. Aquí un poco loco para encontrar el vuelo que me llevaría a Medellín. Tres controles exhaustivos tuve que pasar dentro de este aeropuerto, y sin cachondeo de Quijote ni nada.
A eso de las 6, subíamos al avión con destino a Medellín. Una vez sentados todos, nos dicen que hay mucho tráfico aéreo y que saldríamos a las 7, como así fue. A las 7 y media aterrizaba en el aeropuerto. Trámites sencillos aquí, y, sorprendentemente, mi mochila, que había facturado en Panamá, salió entre los primeros equipajes. Para 2 horas en avión, el viaje me costó desde que fui a coger el metro 13 horas.
Por fin Colombia. Agarré un bus y me vine al hotel en el que siempre había estado; el Bella Villa. Por el camino desde el aeropuerto se veía muchos indigentes, pequeños jardines ocupados por improvisadas tiendas de campaña de bolsas de plástico negras y gente recogiendo cartones y rebuscando en la basura. Me dio la impresión de que Colombia no avanzaba en estos años, a diferencia de Panamá, en cuanto a infraestructuras y modo de vida. Medellín es la segunda ciudad del país, y capital del departamento de Antioquia. Aunque estaba muy cansado, fui a ver el parque Berrío que me queda al lado del hotel. Aquí está el museo de Antioquia, con las obras pictóricas de Botero y afuera, en la " avenida " de las esculturas, hay, donadas por Botero, 23 esculturas en bronce impresionantes. A un lado del parque está la iglesia, que fue la primera construida en la ciudad en 1649, con madera y paja, y en un diámetro muy grande alrededor de la iglesia se extiende parte de la prostitución de Medellín. Llega hasta las estatuas de Botero, y las hay de todas clases, edades y colores. Esto es ¡El Centro de Medellín! También mucha gente tumbada larga en el suelo, pero todo esto tiene un morbo hasta las 7 de la tarde, luego a ver quién anda por aquí.
El otro lugar emblemático es el Parque Bolívar y la catedral metropolitana en un costado del mismo, declarada monumento Nacional en 1982. Es la edificación en ladrillo más grande del país: 1.120.000 ladrillos cocidos se emplearon en su construcción. Bueno, pues todos los alrededores del parque y hasta las escalinatas de la catedral se llenan de " mariposas nocturnas”. Increíble que pululen alrededor de las iglesias. Bueno, pues entre estas dos construcciones tan simbólicas para la ciudad, la catedral y la iglesia de la Candelaria, se ubica mi hotel. “Céntrico", como podéis imaginar...
Hoy he estado todo el día paseando por la ciudad; Terminal Norte de Buses y Terminal Sur. Recabando información, para viajar mañana a Guatapé y subir su famosa piedra del peñón de 200 metros de altitud y unos 700 escalones. El viaje lo pienso hacer en el día, porque al  día siguiente iré hacia el Atlántico, a Quibdó, lugar donde nunca he estado.
Este mi barrio es un poco " chungo", pero un poco más arriba, en la Calle Junín, en el restaurante La casa de Juan, he comido estupendamente en una terraza, y el dueño, al decirle que yo era de Pamplona, me ha dicho que él tenía el libro: Pinchos de Pamplona.
Le gente esta paisa, es muy agradable y tratan de ayudarte. En la terminal Norte, además de informarme, la chica que atendía la información me ha dado una guía de Colombia, fantástica, estilo a las de Loney Planet.
Ayer también estuve en la zona Chic, que es el Poblado y el Parque Lleras. Estuve comiendo en el Tahico, donde hacen un 3 x 1, o sea que imaginaros cómo me puse de mojito. Esta es la zona " bien" de Medellín y aquí vinimos a un Hostel americano, que se llamaba el Kiwi, la primera vez que vinimos, y fue en este parque donde mi amigo Juan conoció a su pareja con la que más tarde se casó. Esta zona fue el inicio de la ciudad y dicen que aquí se establecieron judíos españoles, huyendo de la inquisición. Será verdad...

Por ahora, no ha dado más de sí mi estancia aquí. Me voy al hotel, que ya es de noche y no es cuestión de tener encuentros ni agradables, ni desagradables. Agur. Daniel


ANGUSTIA DE UN MÓVIL Y GUATAPÉ
Crónica del 18 de julio de 2019

El martes 16, después de escribir la "crónica" de Medellín, me fui al hotel. Después de estar tumbado un rato, un sexto sentido me avisó de que algo me faltaba. Vacié toda la mochilita encima de la cama y..., me faltaba el móvil. Claro, me lo tenía que haber dejado en el Cyber. Volé pero..., ya estaba cerrado y eran más de las 9 de la noche. Vueltas y más vueltas a la cabeza y también físicamente, pero no podía hacer nada.
No es posible que en esta vida tengamos tanta dependencia de un móvil. Le das vueltas y dices; ¡Ostras! todas mis direcciones, las fotos, recuerdos y mil cosas más. Te maldices por el despiste, pero también por la dependencia. No podía parar, quería que ya fueran las 7 de la mañana y aparecer en el Cyber, cuando abren o media hora antes. Hemos llegado a un grado tal que, hasta para poder escribir estas líneas, necesito el móvil, pues al utilizar un ordenador de un sitio extraño me manda un mensaje y una clave al móvil. El tiempo pasa lentamente y no sabía qué hacer. El grado de impotencia era total. Me senté en el sofá de la entrada del hotel, para tratar de serenarme y no angustiarme. Al poco se sentaron dos chicas de muy buen ver. Tenía yo necesidad de hablar y les pregunté a ver de dónde eran. Me dijeron que eran venezolanas y que vivían en el hotel y que ahora estaban esperando un taxi para ir a una discoteca al Poblado (la zona chick).
Cuando se fueron, hablé con el que hace los mandados del hotel y que sabe de todo un poco. Me tranquilizó, en cuanto a lo del móvil, diciéndome que los de la tienda eran honrados y que si me lo había dejado allí, lo recuperaría. Bien. En cuanto a lo de las chicas me comentó que sí eran venezolanas, y que eran muy " cariñosas ", pero de alta alcurnia. Se hospedaban en el hotel a un precio convenido, pero sus "bases" de operaciones se situaban en el poblado. Que pasar una noche con ellas oscilaba entre los 300.000 y 400.000 pesos. Algo más de 100 dólares. Cuando se me pase el susto del móvil volveré a hablar con él para que me cuente mas chismes.
Increíble, pero pese a la angustia, pude dormir. Me desperté a las 6 y me volví a dormir hasta las 7 y media. Me levanté a toda velocidad y..., ya estaba abierto el Cyber. Para mi desgracia, el que estaba era el jefe y no el empleado de barbita del día anterior. Le expliqué, rápido y con palabras atropelladas, lo qué me sucedía; cómo ayer estuve allí y... sin más, entré a la carrera a la cabina 10 y..., no estaba allí. Más nervioso que cuando entré, me dirigí a él pidiéndole que mirara en los cajones. Él me decía que eso no podía hacer, que lo único que podía era llamar al empleado para ver si le explicaba algo, porque allí no había nada. Llamó y llamó tres veces y el empleado no contestaba. Yo dándole la tabarra con lo de los cajones y él diciéndome que no le presionara. La presión al final tuvo efecto y abrió un cajón donde había tres móviles y..., uno de ellos era ¡el mío! El tipo aún estaba como perplejo. Lo encendí, le hice ver la foto y me fui al hotel. Mi pesadilla había terminado, porque si no llega a aparecer ya había decidido que me volvía a Panamá, pues no tenía modo de poder conectar con mis hijos ni con vosotros. Maldito poder del móvil. Si sales de casa sin él y te das cuenta, te vuelves a cogerlo. Si sales sin la cartera, no pasa nada ya me dejaran o me fiaran o lo que sea. Todo esto se me pasó por la cabeza en esa noche del 16 a la mañana del 17.
Luego fui a Guatapé, pero esto ya lo contaré otro día. Quería descargar lo que supone la angustia de perder el móvil. ¿Os ha pasado alguna vez? 
Bueno, mañana me voy a Quibdó y no tengo ni idea de la zona. Solamente he reservado habitación en un hotel barato. Mañana os cuento más, también la subida a la Piedera el Peñol en Guatapé de 720 escalones y 200 metros de altura. Agur. Daniel


Quibdó

Crónica del 19 de julio de 2019

El miércoles 17, pasado ya el susto del móvil, agarré un bus para Guatapé. No empecé bien, pues el chófer me engañó con lo del asiento. Yo tenía el 19, que en un busito es el asiento de adelante en frente a la cristalera, como si fuera el copiloto, pero yo no la sabía y me mandó a los puestos de atrás. Aquí sí veníamos muchos turistas.
Nos bajamos la mayoría en la Piedra de l Peñol, 3 kilómetros antes del pueblo. Ves la piedra desde abajo y dices; "...Yo, 726 escalones no subo”. Recapacitas, piensas, y... ¡si precisamente vine a hacer eso! Pues a subir. La Piedra tiene 200m de altitud y fue escalada por primera vez en 1954, los escalones son posteriores, claro está. Hay unos escalones para subir y otros casi paralelos a estos para bajar. Subí y bajé, claro está. Me parecía más duro desde abajo viéndolo, que subiendo y bajando.
Tranquilidad, ya llegaré, como le decía a mi amigo Roberto cuando fue a Machu Pichi. Así fue, no tuve ningún problema. Los escalones, valga la redundancia, estaban "escalonados", todos a la misma medida, con lo cual, sin cambiar para nada el paso, se hace muy llevadero. Arriba, como os imaginaréis, todo era un concurso de fotografía, porque ahora lo importante no es hacer algo, en este caso subir el Peñol, sino dejar constancia de que lo has hecho... Cada 25 escalones, había una pintada de amarillo que te iba recordando el número de escalones que llevabas subidos. Así hasta el 700, los 26 restantes son añadidos. Después de la bajada, agarré un bus y fui al pueblito de Guatapé. Una chulada de pueblo, pero como luego me comentó Erik, un belga, demasiado bonito. Todos los zócalos pintados a diferentes colores llamativos y muy bien cuidado. Por eso, demasiado bonito, pero muy agradable para estar.
Al volver, coincido como compañero de asiento, con Eric, un belga que también viajaba como yo. Me comentó que había hecho la Gr del Pirineo, creo que es la 7, no estoy seguro, en 7 días. Esto ya no sé si creérmelo o no, porque me parece que, aun siendo buen montañero, cuesta bastante más. Lo que sí me contó, y eso me animó, es que él se hospedaba o iba de hósteles y que no se sentía desplazado ni mucho menos. Es 4 años más joven que yo y también del gremio de la enseñanza. Intercambiamos direcciones y cada uno para su hospedaje.
El jueves 18, comienza el viaje aventura. Agarré el bus de Medellín a Quibdó, y me dieron una posición privilegiada, el asiento número 1, detrás del chófer con apoya brazos y una panorámica del terreno fantástica.
Salí a las 9 y media y a eso de la 1 y media llegábamos a Ciudad Bolívar, ciudad tristemente famosa últimamente por hechos delictivos. Habíamos recorrido la mitad del trayecto, unos 130 Km. y habíamos tardado 4 horas. Cuando pregunté a ver cuánto nos faltaba me dijeron que otras 6 ó 7 horas. Aquí la distancia no se mide por kilómetros, sino por tiempo. Para los que utilizamos el sistema métrico decimal diré que faltaban unos 110 Kilómetros. Paramos a almorzar en otro pueblo creado para la línea de autobuses, el 7 de Atrato. Yo me conformé con unas tajadas de mango.
A partir de aquí comienza lo bueno. Vamos a penetrar en la serranía, selvática. El comienzo, todo es miseria, de las casas y de sus habitantes, esparcidos en unos míseros caseríos y que viven de las vacas  fundamentalmente. De verdad es miseria. Luego, el autobús camina por una pista estrecha. Como el "hombre" ha talado muchos árboles, en las laderas no hay nada, solo tierra rojiza. Estas se deslizan o corren constantemente y esta carretera está en unas obras constantes. Hay un precipicio terrible ami izquierda, que me va a acompañar hasta el final del viaje y por donde discurre el río Atrato. Cuando se cruzan dos buses o camiones, eso es una película. Uno de ellos tiene que echar marcha atrás, teniendo a su lado el precipicio, hasta encontrar un rellano un poco más ancho de tal manera que podamos continuar ambos. Además, la tierra que se desprende se convierte en barro resbaladizo, lo que hace más peligroso el trayecto. Los chóferes son unos figuras, yo no pasaría por aquí. La carretera no tiene defensas, tiene unas cintas amarillas de plástico como las que se ponen allí para advertir a la gente de que no pasen. Mi compañera de asiento está hablando con un familiar, ya relativamente cerca de Quidbó y al referirse al sitio en donde estamos utiliza un castellano, fantástico;... estamos en un PARAYSIGUE. Genial.
Luego, pasamos por unas cabañas donde los niños iban desnudos y las mujeres solamente con falda, los pechos al aire. Más adelante, el ejército con ropa de camuflaje y metralleta en mano patrullando a ambos lados de la carretera. Este lugar fue refugio de la guerrilla y hasta hace poco no se podía entrar. Ahora parece que el ELN ha vuelto a las armas, con varios atentados a puestos militares, pero..., lejos de aquí.
A las 7 y media de la tarde, tras 20 horas de viaje, llegábamos al pueblo. Las oficinas o la terminal del Rápido Ochoa, que es la compañía de buses en la que vine, está lejos del pueblo y en un motocarro que tenía que hacer el reparto me vine para el hotel. El chófer me dijo que trabajaba para la empresa y que era de confianza. Total, que en el camino, como íbamos los dos adelante y apretados, se me abrió la puerta. Felizmente, no me caí, pero todo podía haber sido. Mejor si me caigo de un motocarro después de haber pasado por la pista que pasé.
El pueblo no me ha dado tiempo a verlo, pero en un 90% es población negra. Se le ve vida y parece agradable. En el hotel me regalaron una botella de agua por cortesía de la casa y me pusieron en una bonita habitación. Fui a cenar y pedí una cerveza. Como comí pescado y me puse pringao pregunté por el baño para lavar las manos. Cuando volví habían retirado mi mesa y..., el último trago de cerveza que me quedaba., que suele ser el mejor. Se lo comenté a la chica que me había servido y..., me trajo otra botella por cuenta de la casa. Bonito detalle, teniendo en cuenta que la cena eran 11.000 pesos y la cerveza vale a 4.000 pesos cada botella. Le di las gracias y le dije que volvería todos los días que me quedara en Quibdó.
Hoy, día 19, me he quedado en la habitación viendo el Tour y ahora me voy a ver si me entero de las posibilidades que me da el Chocó. Es posible que esta sea mi base de operaciones y que en otro viaje de aventura me vaya hasta Nuquí, ya en el mar Pacífico. Ya os lo contaré. Agur. Daniel 


Quibdó-Salento

Crónica del 24 de julio de 2019

La ventaja  de viajar solo es que puedes hacer lo que te de la gana. Eliges el hostal que quieres, puedes ver la tele o no, y eliges los itinerarios.
Todo esto está muy bien, pero hay otras cosas que no están también y es sobre todo compartir los buenos momentos. En Quibdó he estado de maravilla. Creo que han sido 4 días. La cultura es chocante, caribeña a más no poder. Es un espectáculo para la vista, sentarte a tomar una cerveza y ver el espectáculo de la gente.
El pueblo no tiene nada de especial, salvo el malecón y la iglesia. No me importa, yo creo que he visto algunos de los mejores monumentos del mundo creados por el hombre. Cito solamente algunos que me han impresionado; el Taj Mahal, Machu Pichu, Santa Sofía, Petra o el acueducto de Segovia. Con esto quiero decir que no me muero por ver monumentos y Quibdó no los tiene, pero ..., tiene una gente maravillosa.
Esta ha sido, o es, una zona de 0 turistas, de hecho no vi a ninguno. Aquí durante muchos años operó la guerrilla, el ejército, narcos, paramilitares etc. Los de la guía Loney Planet, ni entraron aquí. Pues bien, merece la pena venir hasta aquí, aunque la carretera que viene desde Medellín produzca una angustia y una tensión tremenda.
Encontré un lugar para tomar cervezas fantástico, Zimarrones  burguer. Atendido por un "negro" grandote que, además de servir muy bien, le faltaban poco más de dos meses para terminar arquitectura, y aquí trabajaba para pagarse los estudios. Él me comentó que Quibdó era un lugar por hacerse. Todas las "manzanas" están formadas por un n° de avenida y un n° de calle, no teniendo nombre propio y siendo todas iguales, lo que lleva a que, con mi sentido de orientación tan prodigioso que tengo, me pierda muchas veces. Lo importante aquí es el espectáculo en las calles. Las "negras" son coquetas, o más que coquetas, son como son en esta cultura. Van vestidas con unas minifaldas cortísimas o unos pantaloncitos también muy cortos, unos peinados espectaculares, la mayoría con trencitas de los más diversos colores. Unos labios rojos y una delantera de exhibición. Les encanta tener el culo grande y presumen de ello,  los colores de sus vestidos son muy vivos, amarillos en gran cantidad. 
Los hombres van en su mayoría camisa blanca y pantalones largos, nada de cortos. El medio de transporte es " la moto", que maneja todo el mundo.
Este es el espectáculo que me gustaba ver, sentado en los zimarrones con una cervecita o un mojito. Claro, si hubiera estado con otro, lo habríamos comentado, discrepado, compartido. 
Me sorprende ver a toda una población negra, manejando perfectamente el castellano. Me choca un poco. Un día, estaba esperando que quedara una mesa libre con vistas a la calle, para tomar una cerveza, cuando por fin se levantaron tres chicas y la dejaron. Cuando vieron que rápidamente me sentaba yo, me dijeron: ¿estaba esperando a tener mesa libre? Haberlo dicho y se sienta con nosotras y así hablamos.
Renuncié a ir a Nuquí porque la gerente del hotel me dijo que la situación ahora con la guerrilla y el narco era un poco peligrosilla en la costa del pacífico. De todas maneras el viaje era duro; tenía que agarrar un bus hasta puerto meluk, desde aquí esperar una barca, que río abajo durante más de tres horas, me llevara a Pizarro y desde aquí, si había suerte, otra lancha motora a mar abierto que me llevara a Nuquí. Lanchas marítimas no había todos los días y posiblemente me tendría que quedar en Pizarro uno o dos días... Haciendo cuentas, me salía más caro que el avión y..., ya no estamos para muchas aventuras. Renuncié después de haber hecho reserva en Nuquí. El cancelar la reserva fue también un camino casi tan largo por internet como el llegar a Nuquí. Una vez renunciado a esto, agarré un bus hasta Tutunendo y desde aquí, en una piragua, hasta una cascada que se llama sal de frutas. El barquero manejaba la canoa con una pértiga, ya que la profundidad del río era pequeña. Atracamos en una playita y luego por una trocha o camino selvático, después de caminar 20 minutos, llegamos a la cascada. Aquí pudo ser "la tragedia", entre comillas, porque resbalé en una piedra del río y caí de espaldas, dándome una buena culada. Estos accidentes "domésticos”, son los que más desgracias traen. Problema actual, después de todo lo escrito no hay conexión. A ver si me lo guardan en una memoria y luego sigo. Volví a cenar a mi lugar de costumbre. Por segundo día consecutivo, en vez de tres cervezas, me cobraron dos. Esta vez no tomé mojito, aunque ahora en Salento me arrepiento de no haberlo hecho. Aquí van a 18.000 y no hay el paisaje humano que había desde la terraza de Zimarrones. No dormí nada bien la noche del domingo pensando en que me tenía que levantar a las 5 y media. Me quedé viendo una película sobre los 33 mineros supervivientes del derrumbe de una mina en Chile, y luego ya no podía dormir. A las 6 ya estaba en la calle intentando parar a una moto para que me llevara hasta la terminal. Vino uno con una capa de agua negra y, como no era el momento para regatear, acepté el precio que me dijo, 6000 pesos, al cambio 2 euros. Hacíamos buena figura, el motero, con su capa negra, la moto, y yo, con la mochila a la espalda agarrándome a donde podía. Era agradable de todas las maneras. Tenía una buena sensación como de libertad, aunque esa no sea la palabra. Me recordaba a la segunda vez en India, cuando con Patxi Oteiza íbamos cada uno en una bicirichow de agra a la terminal de tren. Había estado muy a gusto en Quibdó. El paisaje del malecón, la gente.... Hacía mucho tiempo que no veía unas escenas, de no hace mucho, pero que ya no se dan: vejetes sacando unas sillas de esas de jardín, y al atardecer juntarse en el umbral de la casa, en la calle casi, a jugar, unos a las cartas y otros al dominó. También grupos de mujeres, "tomando la fresca", por el placer de hablar. Todo esto me gusta ver. Agarré el bus de la línea occidental y rumbo a Pereira. Nada que ver con el viaje anterior, la carretera era muchísimo mejor, aunque nos faltaba atravesar la sierra. En el camino, un indígena se había cortado en el brazo con un machete y se encontraba con tres miembros de su familia el borde de la carretera, ensangrentado, el brazo cubierto con unas telas. El señor Nairo (el conductor), paró les llevó hasta el pueblo mas próximo y ni se le ocurrió pedirles nada. La niña que completaba el grupo, cuando bajaron le dijo: gracias señor Nairo. Nada más. Pasar la sierra, que sí que es costosa y..., encaminarnos cara a la región de Antioquia. La carretera ya era asfaltada y todo el paisaje, tanto humano como físico, es otro. Se acabó la belleza de la negritud y su forma de ver la vida. Me adentraba, otra vez, con los blanquitos de la zona cafetera de Colombia. Llegué a Salento y me hospedé en el primer hotel que vi. Tras regatear por el precio, me lo dejó en 50.000 pesos, con desayuno incluido. Era el mejor en el que había estado. Pero, por la noche, cuando me tumbé a ver la tele (tengo un pantallón enorme), sentí como un cosquilleo que subía por mi brazo. Era: ¡una araña grande! Iba rápida, pero braceé, cayó al suelo y la maté con una zapatilla. La sensación del cosquilleo me duró toda la noche, ¿y si me picó?, pensaba yo. Pero, al día siguiente, el brazo estaba igual que antes del episodio de la araña y me fui a conocer el pueblo. Siento lo de los cambios de letra y no sé si lo he mandado dos veces, pero vosotros, que sois muy listos, borrad lo que no sirva y ya está. Agur. Daniel

 

Salento

Crónica del 26 de julio de 2019

La verdad es que pasado el episodio de la araña, en el hotel he estado fenomenal. Una pantalla de TV enormemente grande, enfrente de la cama, que me ha hecho disfrutar del Tour un montón. También la ducha tenía buen chorro de caliente y fría. Todo esto parecen pocas cosas, pero a mí, que viajo solo, cuando me aburro, me tumbo a ver la tele tranquilamente.
Los tres días fui a cenar al mismo sitio: Restaurante Juan Esteban, y los tres días cené lo mismo: trucha frita al ajillo y una cerveza Club Colombia.
El primer día, aquí me quedé, en el pueblo, haciendo esa crónica con esa letra tan rara que me salió y enterándome un poco de todo lo que se podía hacer. En información y turismo cogí un mapa de Colombia y coincidí con una madrileña, Patricia, que estaba un poco histérica. Volví del valle del Cocora y los jeeps son de 8 personas atrás y dos adelante. Salió del jeep, angustiada y protestando contra todos. Luego, el cajero no le daba dinero, y yo creo que, en su histerismo, se destrozó la cara reventándose un grano. Como el problema lo tenía ella, yo le di buenos consejos, porque no es lo mismo dar consejos que padecer la situación, y en dar todos somos muy buenos. Finalmente consiguió el dinero, pero no me invitó ni a una cerveza. Ya no la volví a ver. 
Por la tarde subí a un mirador (otra vez escalones), y desde aquí, por un sendero, bajé hasta la carretera que lleva al valle de Cocora. La bajada fue más rápida que lo pensaba, pues me pegué un culetazo de aupa. El sendero era estrecho y lleno de barro. Un perro, al poco de comenzar el sendero, se unió a mí y me esperaba, luego me pasaba y yo creo que hasta se rió con la culada. Me acompañó hasta abajo, y luego, cuando volví al pueblo, él también lo hizo. 
Llegar al pueblo y llevar la ropa a lavar. Encontré una lavandería que por 1 euro me lavaban tres piezas. Ya imaginaréis qué hice.
El miércoles 24, agarré un bus hasta Armenia, para casi sin desmontar, agarrar otro hasta Pijao. Aquí vine porque mi amigo Javier Ema me dijo que era una "joyita" escondida en un valle. Efectivamente lo es. Muy, muy bonito, pertenece al grupo de los pueblos con sueño o algo parecido. El sobrenombre, le va todo. No hay casi nadie. Cuatro vejetes sentados en la plaza. Puedes pasearte y sacar fotos por todo el pueblo tranquilamente. Hay una casa exposición que se llama la Casa de los recuerdos. Entré y vi un poco cuáles eran los recuerdos del abuelo de la Doña. Ella me contó que Pijao, hasta no hace mucho, tenía 25.000 habitantes, y ahora unos 5.000. Demasiado bajón me parece. Muy bonito, muy bonito, como nuestro Roncal ó Salazar, pero si no hay trabajo la gente se va y se queda el pueblo para las fotos.
En el Hostal Central, el más importante, en la plaza, había puestas en la fachada 4 banderas, siendo una de ellas la española (no la ikurriña, que viene Maya y...). Pregunté el motivo a una mujer que allí estaba en un banco hablando con dos señores y me dijo que ella era la que administraba el local, que había estado 17 años en España, 16 en Almería y 1 en Huesca, que tenía hasta la nacionalidad y como recompensa a todo lo que España le había dado, ponía la bandera.
Un pueblo recomendable este Pijao, al 100%, para una cura de espiritualidad y de tranquilidad. La señora me dijo que sí que venía gente y que en dos semanas no les bastaba para recorrer los cafetales y los senderos alrededor del pueblo.
Pues ya está visto, me falto ir a un mirador de colibrís, pero esto os lo dejo a vosotros.
Otra vez vuelta a coger los dos buses. La gente cuando quiere bajarse, chilla un poco y dice: "por aquí", y el bus para. También dicen: ¿me regala una cerveza? Que quiere decir me vende una cerveza. Con Maricruz al principio esta expresión, que también utilizan los panameños, me sorprendía mucho. Como lo de dos mujeres que se han motado cuando el bus ya estaba lleno; " Tendrán que ir paraditas", o séase, de pie.
Hoy 25, mi último día de estancia en Salento, lo he aprovechado para recorrer el Valle de Cocora. Me tomé mi tiempo porque me quedé viendo la victoria de Nairo Quintana. La trabajadora del hotel hasta me trajo la bandeja del desayuno a la habitación. No acepté, acabó la etapa y salí afuera a comer mis huevos "pericos" y mi café negro.
A eso de las 11, agarraba un jeep para ir al valle de Cocora. Una vez llegados y después de hacer las fotos de rigor a las Palmeras de Cera, que es el árbol representativo del país, me fui a vadear un río para subir por un sendero hasta los 3000m de altitud.
Un desastre; en el río me caí y me mojé. El sendero me produjo angustia, por lo tupido del camino y la tontería que hacía subiendo yo por allí. Para arriba y más para arriba y nadie en el camino. Estaba angustiado, cuando de repente oí voces. Era una pareja de colombianos que bajaban. Esa aparición, para mí, fue como un milagro. Me dijeron que me quedaba como un kilómetro para llegar arriba. Luego había una pequeña explanada y más adelante un cruce donde podría coger un camino que me llevaría al Valle. Llegar  arriba y no ver nada, todo uno. Agarré un trochita que salía a mi izquierda y la anduve como unos 15 minutos. Al no ver ningún otro cruce y ver que se estaba echando la niebla,... desanduve lo andado y volví a bajar por donde había subido. Me costó hora y media bajar, pero pese al cansancio, iba tranquilo porque sabía que ese era el camino verdadero. Antes de llegar al lugar de estacionamiento de jeeps, me cayó una tromba de agua que me dejó totalmente mojado. Agarré el jeep que salía en ese momento y al pueblo.
Llegar, comer una crema de pescado, con pollo a la plancha y café tinto, este por cortesía de la casa. Una vez un poco recuperado, tuve que ir a un" almacén" a comprarme ropa, pues la que llevaba estaba totalmente mojada y a la noche me tenía que ir en bus a Bogotá.
Hecho esto me despedí de la empleada del hotel y..., así hasta Armenia desde donde escribo esta crónica sobre mi estancia en Salento. Dentro de 2 horas parto camino a Villa de Leyva, parando antes en Bogotá. 
Agur a todos, desde Leyva procuraré escribir Daniel 



Villa de Leyva

Crónica del 30 de julio de 2019

Os juro que hay una tecla en el ordenador, a la cual le das, sin saber cuál es, y borra todo lo escrito sin posibilidad de recuperación. Esto me pasó ayer.
Los últimos escritos fueron desde Armená camino de Bogotá. Acabé de escribir, tomé una bandeja de frutas y..., algo se veía mal en el ambiente. Pagué y me fui a la terminal que estaba a 50 metros. Yo noté que me seguían, y cuando ya me faltaba poco para llegar me paré, y el tipo que me seguía pasó delante de mí como sorprendido. Luego pude comprobar que era uno de esos ¨locos¨ que pululan por las estaciones de buses. Olía fatal y se le olía desde lejos, una mezcla de pachuli y no sé qué otros ¨perfumes¨. El caso es que no ocurrió nada, pero me hizo estar mas alerta para la próxima vez y no alejarme de  los ´centros" de seguridad, en la noche.
Había cogido tiket para el bus de las 10 y media, porque así pude elegir sitio. Luego caí en que era de noche y no iba a ver nada. De hecho, hasta que no hicimos la aproximación a Bogotá no se veía nada. El chófer del bus era un cojo, pero de esos ¨pata chula¨ de pierna rígida, que tenía que entrar al bus por la parte derecha, agarra con las dos manos la pata para sortear la palanca de cambios y ocupar su posición natural. Luego resultó ser un gran conductor, aunque a veces la ¨pata" se le quedaba trabada en el acelerador e íbamos a toda velocidad. Todo fue bien hasta el Alto de La Línea. El más duro de Colombia y de gran parte del mundo. Las ¨mulas¨, esos camiones de 3, 4, o  5 ejes y 22 ruedas, bajaban el puerto ocupando su carril y parte del otro. Había que parar en casi todas las curvas, que son muchísimas, para poder seguir. El caso es que en alguna parte del puerto había un accidente que nos retuvo más de una hora en mitad de la noche y en mitad del puerto. No había nada que hacer; esperar, esperar y esperar.
Cuando finalmente proseguimos y llegamos arriba del puerto, yo no vi nada especial, ni camión parado, ni policía, ni nada. Fue una hora perdida muy importante. Debido a esta pérdida, llegamos a las inmediaciones de Bogotá a eso de las 6 de la mañana, hora intempestiva, pues todo el mundo iba a su trabajo. Un enjambre de motos, bicis, coches, autobuses llenaban totalmente los accesos a la capital. Tres horas para poder llegar a la terminal Norte. A eso de las 9 llegamos. 
Bogotá tiene más de 8 millones de habitantes y es más bien fea. Por eso llegar a la terminal y tratar de encontrar un bus para Villa de Leyva fue todo uno. Esta terminal es tan grande que esta dividida por módulos. Yo estaba en el módulo 5 y tenía que ir hasta el 3. Más vale que mi castellano o español es perfecto y me aclaré enseguida. Llegar y salir, sin saber que en esos momentos y por casualidad, en esta misma terminal se encontraba mi sobrina Maider, que se dirigía hacia Salento.
Bueno, agarré el bus y salimos por la zona Norte de la ciudad. Nada que ver con la entrada por la zona sur. Esta zona es la ¨rica" de Bogotá y se ve en las casas y en la forma de vestir y desplazarse de la gente. Paramos en un terminal pequeño antes de abandonar  la ciudad, y allí se subió y se sentó a mi lado un chico con pintas de despistado y de Pitagorín. Comenzamos a hablar un poco y, al comentarle que yo era de Pamplona él me contestó que ya conocía esa ciudad, que había estado este año, la semana anterior a los Sanfermines en un congreso de físicos que trataban sobre el tráfico. Anda ya, sorpresa te dan los viajes. Él también iba a Villa de Leyva a otro congreso, pero se hospedaría pagado por la universidad en otro hotel fuera de mi alcance. Después de esta pequeña  charla, se durmió hasta la llegada.
Llegar a Leyva, y aunque llevaba 8 direcciones o más no me sirvió para nada. Estaba derrengado del viaje y con la mochila a la espalda no era cuestión de andar. En el primero que encontré, enfrente de la terminal de buses, me quedé para tres días. Era el hostal Central, y me hicieron buen precio, porque la habitación que me dieron era un poco ruidosa por estar pegada a un local de villar y las bolas no entienden de silencios.
Tres días me apalanqué en esta ciudad, o villa fundada en 1.572 por Hernán Suárez de Villalobos, que le dio el nombre de su superior, Andrés Díaz Venero de Leyva. Que fue el primer presidente de la audiencia de Nueva Granada. En un principio era un lugar de retiro para oficiales del ejército, religiosos y nobles. En los últimos años se ha convertido en un lugar de retiro para turistas, extranjeros con dinero y para los bogotanos, los fines de semana.
Lo más impresionante es su Plaza  Mayor de 120 x 120 metros de lado, pavimentada con enormes adoquines y rodeada por magníficas estructuras coloniales y una iglesia parroquial, sencilla y encantadora, construida en el año 1608. Pero Villa de Leyva es algo más que la Plaza Mayor. Las calles son una maravilla, con edificios coloniales, todos de una altura y unos balcones pintados en su mayoría en verde o en azul, que te hace retroceder en el tiempo y ver que los españoles hicieron barbaridades, pero también cosas maravillosas. Los patios de estas casas son encantadores, aunque la mayoría de ellos se han transformado en restaurantes, caros, o en tiendas de recuerdos y artesanía.
Por estos lugares anduve tres días. El primer día no hice nada, me tumbé a descansar y se me pasó la tarde. El segundo día tenía decidido que iba a ¨patear¨ y fotografiar el pueblo, cosa que hice. Había un restaurante llamado Carnes y Olivas, que daban un menú maravilloso. Pues bien, como soy animal de costumbres, los tres días vine a almorzar aquí. Por la tarde en la plaza Mayor, conocí a Ricardo, un politólogo que había vivido 7 años en Alemania. Estaba con su tío, un escultor famoso, de fin de semana en la Villa. Unos borrachos indecentes, a los cuales por cortesía me agregué, aunque supe retirarme a tiempo.
El tercer día de estancia, alquilé una bici y me fui a recorrer el valle. Os cuento que aquí en Colombia, no hay ni una recta. Todo son subidas y bajadas, por eso el concepto de la distancia no existe. He calculado que la media que sacan los autobuses en el mejor de los casos es de 30 Km. por hora. Si vas a ir de un pueblo a otro de de 150 Km., echa entre 5 y 6 horas.
Bueno, yo con mi bici iba mucho más despacio. Primero llegué hasta un lugar conocido como Pozos azules, motivado ese color del agua por los minerales que hay en estos pozos. Como había que pagar, y además, no se podía bañar, me fui.
Ahora ya era cuesta abajo y llegué hasta El Fósil. Aquí había tres museos y entré al peor de todos, al de las piedras. Con enormes piedras recogidas de los alrededores y trabajadas un poco y con mucha imaginación, puedes decir que tal piedra es un caballo, o una tortuga, o un conejo... como en la ciudad encantada de Cuenca, pero en  peor. El otro museo era el del fósil de verdad. Aquí se encuentra el fósil de un Cronosaurio de 7m de largo, correspondiente a una cría que medía 12 metros, pero la cola no se conservó. Es impresionante, pero no lo vi porque estaban en reformas y el cronosaurio no se exhibía. No entré, ya lo había visto unos años antes, pero si se hubiera exhibido hubiera entrado y fotografiado. No pudo ser. Continué mi recorrido bicicletero hasta el observatorio solar muisca, llamado por los españoles ¨el Infiernillo¨, por la cantidad de piedras prodigiosas de falos que hay y que para los muiscas era la abundancia, prosperidad, cosechas, y para los españoles era la lujuria y el infierno. Este museo al aire libre me gustó y fotografié. Aún seguí con mi periplo bicicletero hasta llegar al convento Santo Homo. Construido por los Dominicos, en 1670. Está muy bien. El suelo de su entrada está formado por unas enormes losas formadas, por amonites, trilobites y numulites gigantescos. Increíble la cantidad de fósiles que hay por todas partes. 
El interior es como la mayoría de los conventos, pero en el refectorio  o en la biblioteca, hay unas figuras de monjes dominicos hechas con maniquís que te impresionan un poco. No quisiera yo haber caído en manos de estos durante el periodo de la inquisición.
Desde aquí, vuelta, aunque más suave hasta Leyva. Total unos 30 kilómetros de subidas y bajadas. Llegar al hotel, siesta y por la tarde un rato a la plaza después de pasar por el Carnes y Olivas. 
En la plaza me junté con Ricardo, que andaba tomando Coca cola debido a las cervezas de los dos días anteriores. Me comentó que su oficio era asesorar a los políticos, pero no a un partido en particular, sino al que más le pagara. Charlamos un rato, intercambiamos direcciones y quedamos en estar en contacto.
Al día siguiente iba a Tunja, para, desde allí, coger un bus para San Gil. No me quedé en Tunja, todo el mundo me había hablado bien de Barichara y decidí que iría a conocer esta pequeña ciudad. En el camino, casualidades de la vida, en un pequeño restaurante, en el cual paramos para almorzar, me encontré con Eric el belga, que iba hacia Salento y seguía de hósteles. Lo importante en un viaje con bus para el chófer es parar a almorzar, aunque el trayecto sea de 50 Km.
Ahora estoy en San Gil, capital de Colombia de los deportes al aire libre. Es sencilla, pero se está bien. Como buen patriota estoy en un hostel que se llama  Gernika, aunque de vascos no tienen nada. Bueno os dejo que me voy a conocer Barichara. Agur. Daniel

 

San Gil-Cartagena

Crónica del 2 de agosto de 2019

Coincido, esta vez, con la guía, en que San Gil, sin ser la ciudad más bonita de Colombia, tiene un atractivo que te hace parecer  corta la estancia. Yo he estado dos noches, que han sido casi tres días, pero también he tenido esa sensación. Turísticamente tiene dos atractivos: la plaza y el parque el Gallineral.
La plaza sí es atractiva. Siempre con gente, y con follón entre los moteros.  También, como me comentó Eric, hacen unos pinchos morunos de res, muy buenos. Los probé, claro está. Descubrí, así por casualidad un restaurante que se llama Maná. Fantástico, al segundo día de estar me trajeron dos postres, porque ya era cliente. 
En la plaza, en el restaurante Los Balcones, se desayuna un desayuno americano que te mueres. Todo el mundo me había hablado muy bien de Barichara, que tuve que ir dos días. El primero fue un poco de investigación, para ver cómo era el pueblo, y la verdad es que era una "cocada". Tan bonito como Salento o más. Todas las casas de una altura, encaladas y con unos zócalos azules o verdes. La iglesia, impresionante, hecha de arenisca y demasiado para las necesidades reales del pueblo. Cuenta la leyenda que en 1702, a un granjero se le apareció la virgen en su campo, sobre una roca. Los lugareños construyeron una pequeña capilla para conmemorar el milagro. Tres años más tarde, el capitán español, Francisco Padrilla y Ayerbe, fundó la villa de San Lorenzo de Brichra, inspirándose en la palabra guane barechala, que significa " buen lugar de descanso”. Comparada con Villa de Leyva, es más elegante y menos turística.
Bueno, pues esta villa me la pateé una mañana para descubrir dónde comenzaba el camino real, que une Brichale con Guane. En cuanto lo vi, bajé a la plaza y me volví para San Gil. Aquí compré el billete de bus para Cartagena de Indias.
El día 31, miércoles, no me levanté muy pronto, y eso luego lo pagué. Fui a desayunar bien, luego a escribir la crónica y finalmente al "terminalito", donde agarré el bus, para Barichala, nuevamente. Total que entre unas cosas y otras eran la una del mediodía cuando me plantaba en la entrada del Camino Real.
Este antiguo camino, empedrado, fue construido por los indígenas guanes, después fue reconstruido varias veces. Declarándose monumento nacional en 1988. Tiene una longitud de 9 kilómetros, y en su inicio empieza descendiendo el borde del valle de un cañón. Y luego atraviesa un valle lleno de cactus y árboles.
Total, que yo comencé muy risueño mi camino pensando que eran 5 Km. Llevaba de casi todo; un sombrero para el sol, gafas, crema solar, que no utilicé, y zapatillas adecuadas. Solo me faltó, una cosa: el agua. Pasados 5 Km., yo pensaba que ya estaba casi en el pueblo y..., todavía me faltaban 4. El camino era cuesta abajo, y de lo único que tenías que preocuparte era en pisar bien las piedras para que no se te doblase el tobillo y tener un esguince.
Todo esto lo dominaba, pero la falta de agua era acuciante. Entendí los chistes de los náufragos de Forges. En el último  Km., ya no podía más, pero ¿qué podía hacer?: pensar en el esfuerzo de los ciclistas del Tour en el último Km., cuando parece que cada vez es más larga la distancia.
Llegué al pueblo. Con la última, habían sido dos horas bajando por el camino. En la primera tienda que vi entré y pedí una botella de agua grande. En dos tragos me la bebí. Sudaba por todas partes. Esperé un poco a reponerme y fui a la plaza. El pueblo este de Guane era una chulada, pero solo lo vi  desde la plaza, sentado en un banco. Agarré dos autobuses y me vine a San Gil. Aún tuve tiempo de ir al parque el Gallineral y recorrerlo andando. Está bien, sin más, aprovecha la desembocadura de un riachuelo en el río Foce, y, en su entorno, han construido unos caminos y le han dado la categoría de parque. Si los de Sangüesa hiciéramos un recorrido desde la Barca Monrealico hasta la desembocadura del Onsella, con unos caminos rurales, tendríamos un parque mejor...
El caso es que para las 7 ya estaba yo en la terminal de buses, pues el bus salía teóricamente a las 7 y media. Total que salió a las 8. No íbamos mucha gente, y yo tenía asientos para mí el 1 y el 2, pero...ya era noche y no se veía nada. A eso de las 12 de la noche pasábamos por Bucaramanga (recordad la canción de Pekeniques de tren transoceánico a Bucaramanga ) y a eso de la 1 del mediodía, el bus paraba en la terminal de Barranquilla.
Aquí no vi ni a Shakira  ni  Piqué, lo que sí vi es que se bajaron todos los pasajeros menos un polaco y yo. Como solo éramos dos, nos trasbordaron a otro bus de la misma empresa, porque el mínimo para seguir hasta Cartagena era de 5.Otra espera de media hora. Por fin nos montamos en el que iba a Cartagena y a eso de las 3 de la tarde llegábamos a la terminal. Aquí no acaba el viaje, pues la terminal está como a 10 Km. de la ciudad. No nos aclaramos el polaco y yo,  y cada uno nos fuimos por nuestra cuenta.
Yo ajusté el precio con un motero en 10.000 pesos, que era lo que se llevaba. Me dio un casco bastante más grande que mi cabeza que no tenía sujeción. Fuimos por un camino-carretera, sorteando él todos los coches y motos que podía, y yo, con una mano, sujetando el casco que se me quería salir de la cabeza, con la otra, la mochilita pequeña, y en la espalda la grande. Sorteaba a todos con una habilidad increíble, y yo ya ni me preocupaba por el tráfico, estando como estaba. Feliz y rápidamente me trajo hasta la entrada del Barrio Getsemaní. Ahora, las motos no pueden entrar. Me dejó cerca, caminé unos metros y me hospedé.
Cartagena es otra cosa que os contaré en la próxima. Agur. Daniel



Cartagena de Indias

Crónica del 5 de agosto de 2019

Llegué el día 1, jueves, y hoy voy a hacer mi cuarta noche en Cartagena. Esta no es una ciudad, son tres en una o quizás más.
Lo que a todo el mundo le impresiona es el Casco histórico o ciudad amurallada. A mi también, claro está. Sus 13 Kilómetros de murallas, con calles tan cuidadas y estrechas dan un sabor especial.
Esto se ha convertido en prohibitivo. Aquí viene todo el turismo rico, ya sea colombiano o extranjero. Todo es carísimo. Eso sí, los restaurantes son una preciosidad (por fuera por lo menos), hasta los soportales de la plaza principal están llenos de puestitos que te cobran un ojo de la cara por una botella de agua. Ah, se me olvidaba decir, que durante el día aquí hace un calor impresionante. 
Ayer, sábado, por primera vez en mis tres veces que he estado aquí, entré por la noche en el casco histórico. Iba yo, con mi camisa de Osasuna, pantalones cortos y sandalias. Vi a un montón de mujeres guapísimas que entraban a un local llamado La Dolce Vita. No pude superar mis ansias de curiosidad y le pregunté al portero (había tres), a ver qué era ese local. Me contestó que era una discoteca. Mi siguiente pregunta fue a ver si podía yo entrar y, sorprendentemente, me dijo que sí.
Entré y ya me di cuenta que yo allí no pintaba nada, con esas pintas. Las mujeres, de película, pululaban alrededor de maduros, con dinero. Yo, como no tengo ninguna de esas cualidades, me libre de esa presencia. No me atreví ni a preguntar a ver cuándo valía la consumición. Estuve 19 minutos tratando de pasar desapercibido y lo conseguí, porque no se me acercó nadie.
Este es el Cartagena colonial. Yo vivo en otra Cartagena, en el barrio de Getsemaní, que poco a poco se va transformando y se va a convertir dentro de poco en otro barrio de privilegio. La gente forastera, que tiene mucho dinero, compra una mansión de las que hay en esta calle y que se caen a pedazos y la transforma en un restaurante o en hotel.
A la entrada del barrio, desde la Puerte del Reloj, hay un restaurante español, de muy buena pinta, pero siempre lo he visto medio vacío, o sea, nadie. Preside el restaurante una bandera española, grandísima, con el toro de Osborne en medio, decorado, con fotos de Paco de lucía y demás flamencos. Dije que iba a ir, pero no fui.
Paseando por el otro lado de la calle hay un parque cerrado por unas verjas. Pues bien, cuando me cambié de acera para venir para casa oigo ah, ah, ah. Sigo como si nada y en ese momento oigo la voz de una madura negra, que me dice: oiga joven, ah, ah, ah, sexooo. Seguí mi camino riéndome para mis adentros. Así es el barrio de Getsemaní, lleno de "mariposas" nocturnas que preguntan: Hol, ¿qué tal estás? Mi nombre es Kely, ¿y usted? Las palabras mentirosas, unidas a parpadeos de ojos, te hacen creerte que eres guapo. Todos los turistas de bajo presupuesto estamos aquí. En la plaza Trinidad no se puede ni estar de guiris. La calle Media Luna, y la calle Tripita y Media, al atardecer, cuando baja la temperatura, adquiere un ambiente nada comparable con el de las dos del medio día. 
Ayer domingo fui, en excursión programada, hasta la isla Barù, a Playa Blanca. Inicio de las Islas del Rosario, a las que no fui por haber estado ya antes con mi amigo Pedrete. Bueno, pues en esta playa de arenas blancas y aguas transparentes, además de alquilar sillas, sombrillas y tumbonas, también alquilan, y están puestas a la orilla del mar, ¡camas! De verdad, de matrimonio. Tampoco pregunté por el valor del alquiler. Comí una mojarra fantástica y por primera vez en este año me bañé en el mar. Un ratico solo.
El viernes, por la mañana, llevé un poco de ropa a lavar a una lavandería. Como de excursión volví el sábado a las 6 y media, la lavandería estaba cerrada y el domingo no abría. Gracias a mi desesperación, y a que aquí todos se conocen, conseguí que abrieran para mí el domingo a las 7 de la mañana, cosa que hicieron.
Esto es como muy amigable, estoy en el hostel La Española, bajo abajo al bar Mama llena y nada más sentarme ya me traen una cerveza Club Colombia.
Lo demás, que la ciudad amurallada fue fundada en 1533 por Pedro Heredia, y que en 1952 sufrió un incendio que destruyó gran parte de la ciudad y a partir de entonces solo se ha permitido el ladrillo, la piedra y la teja en su construcción. También, que aquí está el famoso castillo de San Felipe de Barajas defendido de la invasión inglesa por Blas de Lezo. Creo que esta fue la única vez que le hemos ganado a Inglaterra a parte del mundial de fútbol con el gol de Zarra.
Bueno, Cartagena es mucho Cartagena, me voy a por mi cerveza que ya es de noche y mañana parto para Aracataca. Si no os dice nada este nombre os digo el del realismo mágico: Macondo.
Ya os contaré desde allí. Agur. Daniel


Aracataca

Crónica del 6 de agosto de 2019

El realismo mágico y la mágica realidad. Yo también salí de Cartagena el día 5, pasé por Barranquilla y atravesé Ciénaga, como los fundadores de Macondo. Vi también el mar, al lado de Ciénaga (un lugar sucio y tenebroso), y llegué hasta el río Aracataca, donde encontraron aquella armadura los primero fundadores de Macondo. 
Me costó llegar, no es fácil, porque, pasando a la mágica realidad, el bus no entra en el pueblo, te deja en la ruta, en un cruce, y te tienes que buscar la vida. Allí estaba un señor con una moto esperando viajeros. Concertamos un precio barato hasta el pueblo, pero, como soy un cagaprisas, me enteré que las oficinas de los buses estaban un poco más adelante, según me dijo el chófer en Fundación. Hablé con el motero y quedamos en que me llevaría hasta Fundación. Yo, in mi ingenuidad, creía que estábamos al lado, pero...., ya ya, empezamos a andar kilómetros y no llegábamos. Al cabo de un buen rato llegamos y compré pasaje para Mompos para el día siguiente. El motero acomodó la mochila en el manillar y comenzamos el regreso al cruce para ir al pueblo. Hasta ahora todo sol y mágico. Ahora viene la realidad. Empezó a llover y llover y llover, lo que aquí llaman un aguacero. Los dos, en la moto, íbamos calados hasta los huesos, menos la cabeza, por el casco. Cuando nos cruzábamos con un camión nos echaba tal cantidad de agua que pensaba que íbamos a perder el equilibrio. De esta guisa entramos en el pueblo, sin parar de llover, y llegamos a la pensión Macondo. Le pagué los trayectos demás y quedamos para que me recogiera al día siguiente.
La mágica realidad, seguía. La pensión parece que estaba bien, pero es que..., no había luz. El aguacero, que todavía seguía había cortado la luz a todo el pueblo. Me enseñó una habitación un poco triste y le pedí que me enseñara otra. Esta estaba muy bien, me dijo. Tenía ventilador, aire acondicionado, TV y baño dentro. Pero como no había luz; ni Tv, ni aire, ni ventilador, ni podía entrar a la ducha porque no se veía. Luego comprobé que tampoco funcionaba el caño y que tenías que echarte el agua con una vasija, de la que había en un tonel. Le dije al tipo que como no había luz ni funcionaba nada me rebajara el precio. Él me dijo que no fuera pesimista, que la luz volvería. ¿Cuándo?, le pregunté. Su respuesta fue de realismo mágico; cuando se sequen los cables. Genial
Fui a pasear por el pueblo, pero estaba todo a oscuras menos los que tenían planta eléctrica propia. Llevaba el móvil para que funcionara la linterna, pero lo tenía ya descargado de batería, pero... no lo podía cargar porque no había corriente eléctrica.
Mágica realidad, en una tienda, que tenía planta eléctrica, me dejaron cargarlo un rato. En unos grandes y potentes almacenes, con luz propia, había cajeros automáticos que funcionaban y pude sacar dinero.
Vueltas y más vueltas por el pueblo tratando de encontrar un restaurante y nada. Tenía yo más hambre que Dios talento. Finalmente, parece que los cables se secaron y vino la luz. Comí en un restaurante de asados, de pena. Un asado más duro que el ojo casquete (personaje peculiar sangüesino, tuerto), pero ya había luz. Seguí pateando el pueblo y me encantó. Tal y como puedes imaginar Macondo con su calle principal, sus puestitos de venta, la plaza, el parque, el puente de los varados, en fin todo lo que podías imaginar leyendo 100 años de Soledad.
Volví a mi pensión y le pagué al dueño, ahora, como ya había luz, el mismo había encendido el a.c. de mi "pieza". La cama era grande y las sábanas bonitas. El patio una maravilla. Dormí muy bien y, por la mañana, vino la dueña y me trajo café a la habitación. Comenzaba el realismo mágico. Me sentía muy bien.
Fui a ver la casa del Telegrafista y luego la casa natal de García Márquez. Me parecía un sueño y soñaba viendo todos esos escenarios. Después volvió la mágica realidad. Vi en una de esas tiendecitas un suéter color vino muy bonito, talla L. Genial, me quedaba casi bien o en estos momentos bien, pero llega el invierno, las cervezas, las comidas, y la tripa aflora, no lo pude comprar.
Vi los raíles del tren que, fuera de su novela, solo funcionaron una vez, cuando García Márquez regresó una vez a Aracataca, pero es igual. Todo este pueblo tiene algo de mágico. A mí me ha fascinado. 
Vamos a ver si esta magia tiene efecto en mi próximo trayecto porque voy a Mompos, llego a las 10 y media, que es muy de noche y no tengo hospedaje, pero, estando aquí, todo el mundo real se vuelve mágico y..., encontraré. Hoy el día salió soleado y creo que hasta se secará toda la ropa que llevaba puesta y la de la mochila.  Ya veis, la dualidad, mágico y real. Agur. Daniel



Mompox-Medellín

Crónica del 10 de agosto de 2019

Se empieza a cerrar el círculo. Hoy día 9, y tras un viaje de 16 horas en bus desde Mompox, he llegado a  Medellín. Estoy en el mismo local de ordenadores donde olvidé el móvil. Me hospedo en el mismo hotel: La Bella Villa y he vuelto a sacar fotos en el  Parque Berrío a las estatuas de Botero. Mañana regreso a Panamá y el 15 a Pamplona. Pero aún queda.
El martes día 6, a las dos y media de la tarde en punto, apareció el motero del día anterior. Esta vez, no hubo confusión y en 20 minutos me llevó al cruce de Fundación desde donde debía coger el bus hasta Mompox, mi penúltimo destino. Empezaron a caer unas gotas y yo ya estaba maldiciendo, por la experiencia del día anterior. El motero también las sintió y le dio todo el "gas”
que pudo a la moto. Llegamos al cruce sin mojarnos. Tuve que esperar más de una hora al bus porque venía desde Barranquilla y llega al cruce cuando llega. Yo ya veía que iba a llegar muy tarde al pueblo y no tenía reservado hostal. Me armé de paciencia y de valor y lo que para todos es muy fácil, para mí fue un milagro; reservé el hostal Doña Mevi, por internet. Le voy a pedir al dire que, para el curso que viene, me nombre responsable de nuevas tecnologías, - je, je,je-. Fue un acierto, porque cuando llegué, entre el atontamiento del viaje, que también se ponía a llover y que era de noche ciega, me hubiera vuelto loco. En otra moto, al Doña Mebi, donde me estaban esperando. Muy buen hostal por cierto. En el camino ocurrió un pequeño percance que pudo cambiar todo, según me di de cuenta después. Por primera vez, paró la policía al bus donde yo iba. Nos pidieron uno por uno la documentación y no hubo problemas. Yo vi por la ventanilla que el otro policía abría el portón de equipajes y con unos guantes de látex revisaba solo… ¡mi mochila!    Casi pido estar presente en la revisión, pero no lo hice.
Cuando en casa empecé a sacar todos los enseres, de repente, me encuentro con un polvo blanco, que impregnaba una bolsa. Yo, todo mosqueado, abro, miro y... eran polvos talco que había comprado para echarle a las playeras que se me habían mojado y desprendían mal olor. Por cierto, funcionó. Anda que si el poli, después de meter las manos, saca polvo blanco pegados al guante, que podía haber podido pasar tranquilamente… Creo que en Colombia y polvo blanco...aún estoy dando explicaciones, ¿o no?.
Pasado el susto, que en realidad no fue porque no me enteré, limpié la mochila y tiré el polvo talco a la basura, no fuera a pasar que, en el aeropuerto, los perros se equivocaran de polvo...
En Monpox, muy bien. Es una joya colonial, patrimonio mundial por la UNESCO en 1995. Fundada en 1540 por Alonso de Heredia, hermano de Pedro de Heredia fundador de Cartagena, en el ramal oriental del río Magdalena, que en esta parte tiene dos brazos  (brazo Mompox y brazo Loba). Como todo el tráfico mercante, desde Cartagena y Barranquilla hacia el interior, discurría por este río y por este brazo, Mompox floreció, se enriqueció y se llenó de casas señoriales, pero... a finales del siglo XIX el transporte por el río Magdalena fue desviado a su otro ramal, el brazo Loba, lo que dio al traste con la prosperidad de Mompox .Quedó aislada, viviendo del recuerdo de tiempos pasados y poco ha cambiado desde entonces. Mantiene el aire colonial y las casetas tiendas junto al malecón, donde se cargaban y descargaban mercancías. Es un pueblo precioso, pero..., anclado en el tiempo. Aquí lo único que se puede hacer es pasear, ver las tiendas de plata con la famosa filigrana monpoxiana y..., comer bien. Esto es lo que hice, pero hay un pero. Por la mañana hace mucho calor, entonces hay que hacer lo mínimo, y por la tarde salía a pasear y fotografiar a eso de las 5 de la tarde, pero sobre las 6 empieza a caer un chaparrón que te tienes que refugiar en donde puedas. Yo lo hice en una heladería. Estábamos como 9 personas que no nos conocíamos de nada en un espacio minúsculo, pero...vendían cervezas. Casi nos dio pena que escampara, pues algunas cajas cayeron, y al final todos éramos amigos.
 El malecón, acompañando al río Magdalena y con esas casas que fueron señoriales de duques o marquesas de la corona española, es una chulada, y si llueve ya sé a dónde hay que correr.
El otro lugar que hay que visitar aunque suene macabro es el cementerio, que está en medio del pueblo y es lugar de referencia para orientarte. La estación de buses está detrás del cementerio, el hostal Doña Mebi, al este del cementerio, 7 cuadras, etc.
En el arco de entrada a este "santo" lugar, un arco blanco con una "leyenda " en su frontal que dice: AQUÍ CONFINE LA VIDA CON  LA ETERNIDAD.
He visitado algunos cementerios ilustres, como el de Luarca donde está la tumba de Severo Ochoa y puedes escuchar ,mirando al mar, la leyenda sobre su relación con Carmen Sevilla (me parece que es con esta mujer). También me gustó ver el Cementerio General de Santiago de Chile y visitar la tumba de Allende, monumental como ex-presidente del país, y la modesta de Víctor Jara. Un nicho sin más entre muchos nichos, pero escrito con poesías que deja la gente. Me falta ver el de Colliure y la tumba de Antonio Machado, pero eso ser para otro viaje.
Por la mañana, fui a arreglar las sandalias y, como era para mucho rato, el zapatero me dejó las suyas y yo a él las mías y me fui a hacer gestiones. Cuando volví a la plaza Bolívar el zapatero ya no estaba. Pregunté y me dijeron que se había ido a almorzar, pero que no vendría porque eran fiestas y que hasta el día siguiente nada. Por si acaso le dije a una vendedora que me iba a comer al restaurante Chemi, y me fui. 
Cuando estaba a punto de entrar para a mi lado un tipo en bici con una camisa amarilla, del equipo de fútbol, y yo nada, no me sonaba la cara y así se lo hice saber con una muesca. Él lanzó una patada al aire y me hizo ver que llevaba mis sandalias, era el zapatero. Intercambiamos las herramientas de los pies, le pagué lo convenido y me fui a comer.
Así va siendo esta Sudamérica que se me acaba. Mañana, agur Colombia, y hoy Agur a vosotros. Daniel

 

 

Fin de viaje

Crónica del 14 de agosto de 2019


Hoy ya es día 14, y a las horas que leáis esto, ya habré emprendido el vuelo. El día 9 había llegado a Medellín y me quedé en mi "barrio". No hice nada especial. Como Colombia es barato, compras compulsivas para acabar los pesos colombianos, que luego no llevan a nada: una afeitadora, un cargador de móvil, un DVD con las canciones de moda colombianas, en fin, comprar por comprar.
La suerte de vivir donde vivo, en Medellín, es que de allí mismo salen los buses para el aeropuerto y no tengo que ir cargando con la mochila de un lado para otro.
Me despedí con pena de todos, porque cuando estás varios días en un sitio le coges cariño, y además este sitio está muy bien, aunque algunos no se atreverían a venir por las características del barrio. 
A las 10  en punto de la noche, las tres señoritas que viven en este hotel piden un taxi para ir al Poblado, donde se encuentra  la milla de oro, para hacer sus negocios. Estuve hablando con una de ellas, Luz, pero no hice foto para "presumir". Su vida es otra y su mundo especial. Yo me fui al bar los billares de la Macarena, al lado del hotel, donde hay chicas meseras. No son camareras del  local, sino que se sientan con alguno o algunos, para que consuman. Yo estaba solo, pero no vino ninguna. Esto me recuerda a los años en que iba con mi amigo Antxon a Lloret de Mar, con los alumnos en viaje de estudios, y allí, en la calle, estaban estos/as "cachas" dando invitaciones para las discotecas y a nosotros dos nunca nos dieron ni una. No debíamos dar la "talla".
El caso es que, a la tarde, con tres horas de anticipación, como manda el reglamento para vuelos internacionales, me presenté en el aeropuerto. La "aeromoza", de Avianca, se portó genial. Me dio a elegir sitio en el avión para el trayecto Medellín-Bogotá  y también para el Bogotá-Panamá. Todo esto muy bien, pero me dijo a ver si tenía continuación de viaje de Panamá. ¡Qué raro!, pensé yo, pero luego, recapacitando un poco, me di cuenta de que si en Panamá no te dejaban entrar, luego, la misma compañía te tenía que traer de vuelta.
En el control de seguridad, nada de nada. Muy bien. Tenía la experiencia de otros viajes en que en el control policial, me habían metido en un cuarto de narcotráficos y me habían mirado por rayos. Esta vez nada. Además, si el vuelo lo tenía programado par las  6  y media de la tarde, la "chica" me lo adelantó a las 5, para que tuviera más tiempo en Bogotá para hacer las conexiones. En Bogotá, teniendo tiempo por delante, ya estaba más tranquilo y, además, así como a la ida tuve tres revisiones exhaustivas por parte de la policía, ahora nada. Debe de ser más fácil salir del país que entrar. En la entrada a Panamá no tuve problemas y, a eso de las 10 y media de la noche, agarré un taxi, (previo regateo),  y para casa de mi suegra.
Aguanté el domingo día 11, en Panamá capital. Fui a comer a la Malagueña, pero como no había menú del día me fui al de al lado a  La Pinta, que era de unos asturianos de Cangas de Narcea, no muy agradables. Luego, un paseo por el caco viejo y dos mojitos aprovechando la oferta del 2 x 1. No se me hizo tarde, pero, como era domingo, muchos puestos de la Central estaban cerrados y andaba muy poca gente. La psicosis de los asaltos me entró un poco en el cuerpo, pero..., con paso mas rápido de lo habitual, llegué hasta la boca del Metro, que es un remanso de paz, y para casa.
El lunes, no me iba a quedar en casa. Cogí un busito y me vine para El Valle de Antón, donde está mi amigo José Carlos. Este pueblo está a 100Km de Panamá capital y, por su clima, pues está a una altitud considerable, atrae a todos los panameños "ricos", los fines de semana. Aquí, presidentes y expresidentes han construido mansiones, con río que pasa por sus terrenos, piscinas y grandes extensiones. Mi amigo José Carlos vive en una casa alquilada, que la utiliza como "casa rural", que es de la hermana del ex-presidente Torrijos. Con un socio ha alquilado otra casa y habilitado 5 habitaciones para alquilar. Cobra 50 dólares por habitación, incluido el desayuno que él mismo prepara. Está muy bien, y el sitio es magnífico, pero por ahora solamente se completan los fines de semana. Las tiene en Brooklin, y una se llama " Donde Jose " y la otra " Donde Ángel". Bueno, pues aquí estuve departiendo una tarde con José y con Lis, disfrutando de su amistad y también de su hospedaje. No hice nada especial, hablar y hablar. 
El día 13 me volví del Valle. El conductor del busito me ponía de los nervios. Yo iba adelante, donde el copiloto, y él iba manejando y todo el rato hablando por el móvil. No solo  hablando, también mandando mensajes y demás. Otra costumbre panameña es que cuando tienen una doble vía, siempre conducen por la de la izquierda, aunque vayan solos. En fin, no vi apenas accidentes de tráfico. Cuando suben los vendedores ambulantes, siempre empiezan o se despiden con la frase: " Dios me los Bendiga”.  Y no ha dado más de sí el viaje. Ahora está cayendo un aguacero de mucho cuidado. Espero no tener problemas para ir al aeropuerto.
Nada más, en cualquier vuelta de la esquina nos vemos reales... Agur. Daniel